Un nuevo escenario para Paz


Las elecciones subnacionales dejan un saldo negativo y preocupante para el gobierno. Perdió la gobernación en Santa Cruz y Cochabamba, apostó mal y fue un fracaso en la estratégica alcaldía de La Paz, y tendrá a partir de ahora una gestión con viento en contra en dos de los tres departamentos del eje central.

La aprobación presidencial que, según algunas encuestas nacionales y del exterior, está por encima del 50%, no se reflejó en los resultados electorales, tal vez porque en el camino pesaron más la gasolina contaminada, las idas y vueltas sobre los billetes de la famosa serie “B” y la suspicacia que rodea el operativo policial que terminó con la captura del narcotraficante uruguayo Sebastián Marset.



Sin embargo, no está del todo claro si la gente que votó por otros candidatos, y no por los que tenían respaldo oficial, lo hizo para castigar al gobierno. Tal vez es muy prematuro hablar de un voto castigo y lo que verdaderamente incide en los resultados es que, hasta ahora, Rodrigo Paz no ha logrado transformar su victoria electoral de noviembre en un proyecto político con agenda y objetivos claros, pero sobre todo con una narrativa convincente.

La popularidad del presidente es insuficiente cuando se trata de votar por otros en la papeleta, y más aún cuando, ante el ciudadano, se exhibe unas muchas veces indescifrable rompecabezas de siglas en el que no se sabe quién es quién ni qué fuerza política respalda a cada postulante.

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Para Rodrigo Paz era crucial que su candidato a la gobernación en Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, fuera reelecto o que, al menos, llegara a una segunda vuelta para corregir algunos errores estratégicos en el camino, pero no se consiguió ninguna de las dos cosas.

Ganó Juan Pablo Velasco, el candidato de Libre y Tuto Quiroga, uno de los líderes más críticos del Gobierno, que necesitaba el consuelo de una importante victoria regional para compensar su derrota en las presidenciales y convertir a Santa Cruz —si JP lo deja— en un interlocutor firme del Ejecutivo, en un referente de administración eficiente y en una plataforma sobre la que se construya, finalmente, un partido o proyecto nacional.

Quiroga obtuvo casi el 70% del voto en la segunda vuelta presidencial. De ahí que no sea sorpresivo que Libre haya bordeado el 30% en la elección departamental, lejos de los números del exmandatario, pero por ahora con lo suficiente para llegar primero y competir en la “recta final”.

Con seguridad, los resultados en Santa Cruz también tendrán impacto sobre la futura correlación de fuerzas en la Asamblea. La bancada cruceña había permanecido a la expectativa de las subnacionales para inclinarse en una u otra dirección. Claramente, ahora tiene más razones para alinearse con Quiroga que con Paz, y eso se traducirá, seguramente, en complejas negociaciones para alcanzar acuerdos sobre las principales leyes de transformación económica —hidrocarburos, minería y litio—.

Cochabamba plantea otros desafíos. La victoria de Leonardo Loza, el dirigente cocalero más cercano y leal a Evo Morales, supone una providencial bocanada de oxígeno político para un proyecto, el del MAS, y parcialmente para el liderazgo hasta ayer casi clandestino y agonizante de Evo Morales.

Ya sea que gane en primera o segunda vuelta, Loza podría ser vehículo también para una reorganización del movimiento indígena y popular, primero en Cochabamba y luego, eventualmente, en el resto del país. Falta ver qué ocurre en otros municipios, sobre todo en las zonas rurales, para saber si esta señal es apenas un episodio aislado o el anticipo de una recuperación política más amplia. En otras palabras, falta confirmar si una sola “golondrina” basta para anunciar el verano.

El vuelo de la “golondrina” puede verse impulsado también por la victoria, pírrica, pero victoria al fin, de César Dockweiler, el candidato que marcó distancia con Evo Morales, pero que llega al municipio de La Paz encabezando una agrupación en la que no faltan sobrevivientes del masismo.

Hasta las elecciones de ayer, el MAS no había conseguido nunca ganar en la ciudad de La Paz. Aunque Dockweiler tenga ciertos “reparos”, la estabilidad de su gestión dependerá seguramente de las alianzas que forje por fuera del municipio, con los movimientos sociales que habían quedado huérfanos de liderazgo y opciones luego de la catástrofe partidaria de 2025.

Si las elecciones nacionales del año pasado no sirvieron para esbozar el mapa político de Bolivia, las subnacionales parecen haberlo perfilado con más claridad y muestran que, en los próximos casi cinco años, Rodrigo Paz gobernará en un nuevo escenario: un país políticamente más desafiante, diverso y complejo del que suponía, lo que hace más urgentes acuerdos que incluyan no solo a los vencedores de noviembre pasado, sino a otros actores “populares” que apuntan al equilibrio de una balanza ideológica que, por lo que se ve y se anota, no está completamente inclinada hacia la derecha.