
Cada cierto tiempo Europa llama la atención con las imágenes de jóvenes trepando vallas o embarcaciones precarias pletóricas de gente desarrapada desafiando el Mediterráneo o miles de personas caminando hacia una frontera convencidas de que, al otro lado, comienza una vida nueva. La noticia de hoy es Ceuta, pero antes tuvimos Lampedusa, Lesbos o las costas de Canarias. Cambia el escenario, pero no el fondo.
Los titulares hablan de crisis migratoria, lo que lleva a los gobiernos a buscar una solución rápida, ya sea a través de deportaciones o controles fronterizos. Los partidos políticos, a su vez, aprovechando la resonancia del tema, convierten la inmigración en bandera electoral. Sin embargo, más allá de los hechos y los números, se pasa omite el hecho de que, primordialmente, la migración es un acto cultural.
Desde los primeros grupos humanos que abandonaron África en los albores de la humanidad, la historia de nuestra especie es la historia de personas que se movieron buscando algo mejor. Ninguna civilización nació encerrada entre fronteras. Todas son el resultado de mezclas y encuentros, y eso es algo que la vieja Europa lo sabe mejor que nadie, aunque a veces finja padecer amnesia. A fin de cuentas, la identidad europea no surgió de una cultura pura e inmutable. Romanos, germanos, árabes, judíos, eslavos, normandos y decenas de otros pueblos dejaron su huella en el continente. Lo que hoy se presenta como tradición fue, en algún momento, una novedad llegada desde fuera.
La periódica aparición de nuevos migrantes despierta tanta inquietud porque el problema nunca se ha referido exclusivamente a cuestiones de orden económico o demográfico. El verdadero conflicto es de naturaleza cultural pues la comunidad siente que su identidad comienza a cambiar. Toda sociedad necesita construir un «nosotros», que para hacerlo inevitablemente define un «ellos». Las fronteras cumplen la función simbólica de organizar la pertenencia. Cuando miles de personas cruzan simultáneamente una frontera ponen en cuestión una manera de entender quién forma parte de la comunidad y quién permanece fuera de ella. Por eso la migración genera emociones tan intensas. Pone en entredicho la imagen que una sociedad tiene de sí misma.
Hace unos días numerosos jóvenes marroquíes llegaron a Ceuta impulsados por mensajes difundidos en redes sociales que aseguraban que el paso era posible. En cuestión de horas, TikTok y WhatsApp construyeron un relato de esperanza. Lo que antes fue la tierra prometida, el Dorado o ciudades donde nunca faltaba alimento, hoy es Europa. No se trata únicamente de mayores ingresos, sino de estabilidad, salud, educación, seguridad jurídica y oportunidades. Es una promesa. Así toda migración comienza cuando alguien imagina que existe un futuro distinto.
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En numerosos países europeos, la inmigración se ha convertido en el eje del discurso político. El migrante es presentado como responsable del aumento de la delincuencia, de la presión sobre los servicios públicos o de la pérdida de identidad nacional. Afirmaciones que constituyen una simplificación de una realidad que es mucho más compleja. El miedo es terreno fértil cuando las sociedades atraviesan momentos de incertidumbre.
Sin embargo, paradójicamente, Europa envejece. Su población disminuye, nacen menos niños y muchos sectores económicos dependen cada vez más de trabajadores extranjeros. Agricultura, construcción, atención sanitaria, transporte y servicios funcionan gracias al trabajo de inmigrantes. El continente necesita mano de obra, pero al mismo tiempo teme la transformación cultural que esa misma inmigración produce. Es una contradicción que, por el momento, pareciera no tener solución.
La convivencia nunca ha sido un proceso automático. Exige tiempo, instituciones sólidas, normas compartidas y voluntad mutua de adaptación. Negar los problemas asociados a la integración sería tan ingenuo como convertir a todos los migrantes en una amenaza. Las migraciones seguirán marcando el siglo XXI. Las guerras, el cambio climático, las crisis económicas y las profundas desigualdades entre regiones empujan a millones de personas a ponerse en movimiento. Algo que ni el muro más alto podrá poner coto. A lo sumo modificará las rutas o hará más penoso el éxodo. Quizás, entonces, el verdadero desafío no consista únicamente en proteger fronteras, sino en comprender qué revelan esas fronteras sobre nosotros mismos.
Cada migrante nos pone en un entredicho acerca de quiénes somos y hasta dónde estamos dispuestos a compartir aquello que consideramos propio. La solución de esta encrucijada terminará definiendo el tipo de civilización que terminaremos construyendo. Porque, mal que mal, las fronteras nunca se limitan a separar territorios. También delimitan los alcances de nuestra humanidad.
Por Mauricio Jaime Goio.
