ROBERTO MÉNDEZ, PERIODISTA
Tres fenómenos sociales comunicacionales llevan a pensar que en Bolivia vivimos una hibridación perfecta de la “modernidad líquida”: Tenemos las batallas de jóvenes que juegan al «farmeo» en las calles para obtener su “aura”, los consultores internacionales y las granjas de bots que prebrican “likes” y preferencias políticas, en una situación que ha encendido las alarmas con la detención de quien se presentaba como asesor presidencial de Rodrigo Paz, Fernando Cerimeo, envuelto en un escándalo, tras el también supuesto atentado a la activista Nadia Beller. Y la cereza de la torta: periodistas que se pelean para salir en una foto con la hermana del narcotraficante uruguayo, Sebastian Marset, a cuya organización se le atribuyen los 11 ajustes de cuentas en 1 semana que han ocurrido en Santa Cruz.
Desde la teoría, el antropólogo argentino-mexicano, Néstor García Canclini, la describiría como una mezcla entre ilegalidad, poder y espectáculo como modelo aspiracional, de la “modernidad líquida”.
La “modernidad líquida” es un concepto desarrollado por el sociólogo polaco-británico de la Universidad de Varsovia, Zygmunt Bauman, cuando dice que los Estados, los partidos y las ideologías ya no dan certezas. Y donde hay vacío de sentido, aparece el mercado para vender certeza en cápsulas. Ahí entran los consultores internacionales. No vienen como políticos. Vienen como técnicos. No prometen ideología, prometen «resultados».
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Los consultores convierten la política en PowerPoint, la crisis en un slide, el sufrimiento en un gráfico de barras. Y el «salvador» es el que mejor vende la narrativa. Es así que se sabe que Cerimeo operó en Estados Unidos y se concentró en America Latina. Fue estratega digital de Javier Milei en Argentina, asesor de Jair Bolsonaro en Brasil, trabajó en el plebiscito de Chile y terminó en Bolivia cerca del presidente Rodrigo Paz en Bolivia.
Y cuando se trata de explicar cómo los paseos públicos y hasta las universidades se han llenado de jóvenes que hacen movimientos raros para llamar la atención en el famoso “farmear aura”, arrancado de los videojuegos y que ahora atrapa a la generación Z, nacidos entre la década del 1990 al 2010 que ante la falta de referentes buscan validación externa.
“Es la anomia”, ya advertía uno de los fundadores de la Sociología, el francés Emile Durkeim, cuando atribuye este fenómeno a la división del trabajo en la sociedad . «Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impiden su cordial integración» y que “las estructuras sociales ejercen una presión definitiva en ciertas personas de la sociedad, de tal manera que producen una conducta inconformista en vez de una conformista».
El riesgo es que una sociedad anómica, en palabras de Émile Durkheim, termine confundiendo tendencia con consenso, y viralización con verdad.
Y a eso se suma el fenómeno de periodistas que felices posan con la hermana de Sebastian Marset y omiten preguntarle cómo explica que los involucrados en ajustes de cuentas sean identificados por la Policía como miembros de la estructura del traficante hoy detenido en Estados Unidos. Eso desdibuja la misión del periodismo de ser el faro de la sociedad y la piedra en los zapatos del poder, en esa búsqueda del servicio a la sociedad y la distancia que debemos tener con fuentes que pueden provocarnos apología del delito.
La combinación de una crisis económica persistente, la desconfianza ciudadana hacia las instituciones democráticas y la expansión de plataformas digitales sin mecanismos efectivos de regulación, ha generado un terreno fértil para la consolidación de estas conductas sociales y a eso se suma la guerra por el “like” que desplaza al periodismo serio.
