Marcelo Ostria Trigo
Walter Benjamín contaba que en la Revolución Francesa, “al anochecer del primer día de lucha, ocurrió que en varios sitios de París, independiente y simultáneamente, se disparó contra los relojes de las torres”, pues había llegado el tiempo de marcar la hora cero de la historia. Este afán es una constante del credo de las revoluciones de izquierdas que se propusieron abolir el pasado y todo lo que éste representa. La consigna de los revolucionarios, desde entonces, es arrasar con todo lo anterior para construir una nueva sociedad –idílica, justa, solidaria, tolerante y otros lindos adornos– para que los ciudadanos sean mejores, más buenos…
No siempre resulta evidente que, luego de la destrucción, se vaya a emprender la construcción de una nueva sociedad regida por leyes más justas y con mayores perspectivas de alcanzar el bienestar colectivo. Por el contrario, prevalece el afán sectario de predominio, quedando como simple consigna aquello de ‘destruir para construir’. “Creo que gran parte de lo que le pasa a la izquierda en muchos países del mundo es que se limita a ser la antiderecha”, afirma Daniel Innerarity (“El futuro y sus enemigos”). Esto prevalece con mayor nitidez cuando se trata del populismo pretendidamente socialista, como el de los ‘bolivarianos’, cuya tarea es sólo destruir lo ya logrado, puesto que día a día se hace más evidente que no llega el cambio benéfico: no hay construcción sobre las ruinas de lo destruido.
Sólo hay rótulos –el de socialismo es uno de ellos– para justificar la destrucción. En el caso del Partido Socialista Unido de Venezuela, desde el propio ámbito marxista se afirma que “Chávez no es ningún socialista. El antiguo coronel del Ejército y hoy jefe del Estado capitalista es un enemigo de la lucha por el socialismo –es decir, de la lucha por la revolución obrera para expropiar a la burguesía–. Chávez se ajusta bien al molde de una serie de oficiales del ejército burgués que llegaron al poder sobre la base del populismo nacionalista, desde el coronel Juan Perón en la Argentina de los años 40 hasta el coronel Gamal Abdel Nasser, en el Egipto de los años 50” (Workers Vanguard No. 860, 09/12/2005. Periódico de la Spartacist League/U.S.)
En esto de destruir el pasado para edificar el nuevo orden revolucionario –con infinitas variables–, en un caso se trata sólo de sustituir un acervo cultural por otro, y de dar fin a la coexistencia de costumbres, convicciones y creencias en una sociedad integrada por sectores diferenciados racial y culturalmente. En el MAS predomina ese sincretismo ideológico. El ‘socialismo del siglo XXI’, creado como sostén teórico de Hugo Chávez, se mezcla con un indigenismo anacrónico opuesto a la modernización. La construcción, entonces, se limita a la reposición de lo remoto. El presidente Morales dejó claro que el MAS tiene una profunda diferencia con el Occidente; con los “modelos desarrollistas o de modernización” (Tiquipaya, 20/04/2010).
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Sin construcción, se hace evidente que “la izquierda (sea) la que más teme al futuro y la que más se vale de ese miedo para aferrarse a un presente de derechos adquiridos y reivindicaciones simbólicas que sabe gestionar, aunque aporte menos de lo que debiera para que todos salgamos de él –algo que por fuerza haremos– mejorados” (Daniel Innerarity. Op. cit.).
El Deber – Santa Cruz