El fuego y las cenizas alimentaron el apocalipsis


La rutina de los pueblos afectados por los incendios se ha visto alterada y modificada. Las llamas delataron las necesidades que padecían y aumentaron los problemas que soportaban en silencio. Los niños juegan a ser bomberos y los barbijos forman parte de sus vidas



ROBERTO NAVIA

Hay un letrero que ha sido escrito a la rápida, al calor de la desesperación. Está clavado en un poste en la esquina de una calle y la información que da es que Santa Mónica ha sido presa de un desastre. En ese letrero también está dibujada una flecha que indica que el incendio viene de allá.

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Ese allá está muy cerca. El bosque se está ardiendo a dos kilómetros de aquí y el fuego se arrastra destrozando la vida vegetal y silvestre. El humo delator está posado en el cielo del rancho y no se mueve desde hace 15 días, desde que el viento -que es otro enemigo-, se ha ido y desde que esa cosa ploma que no se toca, -pero se ve, se siente en la garganta y en los ojos como un ardor caliente- ha empezado a expulsar la selva como efecto del incendio que avanza, a veces a rastras, a veces a tropel.

Aquí es Santa Mónica, un caserío a 15 km de Concepción, pero a una hora en vehículo cuatro por cuatro por un caminito apretado entre los árboles y el fuego. Aquí viven 20 familias aproximadamente, pero este mediodía de martes las pocas calles están vacías y también lo están sus casas. Los hombres han tomado sus machetes y han salido a enfrentar el fuego; las mujeres se han preocupado de poner a buen recaudo a sus hijos y van de pueblo de pueblo, hasta encontrar uno que no esté siendo atacado por el humo de los incendios.

La selva es como una chimenea activa. De ella antes salían las aves que se posaban en las copas de los árboles y de ahí alzaban vuelos parsimoniosos. Ahora de la selva salen bocanadas de humo espeso y los días parecen eternos atardeceres porque el sol nunca termina de despuntar. Al mediodía suele aparecer como un ojo ensangrentado, enfermo, atormentado como un disco de acero lanzado a los calderos del infierno, cubierto por un telón de humo que ha cambiado la rutina de la gente de los pueblos y ha destrozado el equilibrio sabio de la naturaleza.

Aquí, en las mañanas ya no se escucha a los pájaros cantores y de vez en cuando se ve a una pareja de loros que llega huyendo de otros incendios y que busca alguna grieta en el cielo por donde escapar hacia un cielo limpio. Aquí, los gallos están desorientados y anuncian los amaneceres cuando el día recién está terminando, confundidos porque las noches parecen alargarse y el día se hace esperar.

La ruptura de la rutina ha llegado a tal punto que los pocos niños que quedaban en los pueblos durante los peores momentos de los incendios ya no jugaban con sus camiones y tampoco jugaban a la guerra. Por primera vez habían visto que los militares de dos países diferentes (Bolivia y Argentina) podían ser amigos y trabajar juntos.

Los bomberos del Ejército de Bolivia, en Santa Mónica, trabajan junto a los argentinos

Ahora juegan a apagar incendios, a ser bomberos cuando crezcan: Unos emulan ser militares bolivianos, otros, en ser argentinos. Sueñan con ponerse un overol, con llevar una mochila con agua en la espalda, con salir a socorrer a los animales silvestres. También sueñan con que llegue el día en que puedan respirar sin barbijos y en volver a ver a las aves volando sobre el cielo azul que antes existía.

Es que en Santa Mónica los bomberos de la Armada Argentina han instalado su campamento para apagar el fuego en coordinación con el Ejército boliviano. Los argentinos han llegado a Concepción desde donde se movilizan ante los caprichos de los incendios. Han llegado con equipamiento que les permite ser autosostenibles.

En Concepción han instalado una pequeña ciudadela con capacidad para 220 personas y ahí descansan en carpas con aire acondicionado, beben agua que ellos mismos potabilizan, lavan la ropa en máquinas automáticas, preparan sus alimentos en una cocina ambulante, cocinan el pan en dos hornos de barro que hay en el terreno que les prestaron los ganaderos de Concepción y curan sus heridas o malestares en una posta sanitaria donde siempre está el personal médico, atento a cualquier emergencia, a la evolución de algún enfermo, como, por ejemplo, del que ahora está internado.

Se trata de uno de sus choferes que ha caído con un cuadro de intoxicación por humo. Un militar argentino explica que el humo es una mezcla de partículas de carbón y gases tóxicos que sobrevuelan en aire caliente y que las personas deben protegerse con barbijos.

Una madre de Santa Mónica explica también que ahora ya sabe que los síntomas de la intoxicación causados por los incendios son la irritación de los ojos, el dolor de la garganta, náuseas y mucha tos. Eso lo ha visto en algunos vecinos que han sido atendidos por los médicos de los bomberos argentinos y también en otras comunidades afectadas por el humo.

Aquí en Santa Mónica, hay momentos en que, literalmente, se respira ceniza. El polvo ingresa por la nariz o por la boca y baja por la garganta como un río seco que arrastra piedras y maleza.

Los incendios no empezaron ayer. A Quituniquiña la golpeó a comienzos de agosto y el 25 de ese mes la situación de volvió insoportable. Por aquella fecha los hombres estaban en la serranía para proteger la toma de agua que estaba siendo atacada por el incendio.

Las mujeres se negaron a abandonar el pueblo para no dejar la casa sola, para cuidar a las gallinas y a los perros y para preparar la comida que necesitaban comer sus maridos cuando bajaban con el cuerpo cansado y con muchísima hambre. Los niños aquí también jugaban a ser bomberos.

Deisy López no solo se negó a salir a un refugio habilitado por el municipio de Roboré, sino que tampoco estuvo de acuerdo en que los médicos se lleven a los niños a un albergue para curarles las enfermedades causadas por el ambiente contaminado.

Ella se conformaba con que las autoridades les hagan llegar leche porque sabe que la leche ayuda a desintoxicarse del humo. Pero otras madres aceptaron y cuando vieron partir a sus niños en una ambulancia se quedaron con el corazón convertido en un puñete.

Muchas mujeres nunca creyeron ver a los suyos y a sus vecinos con barbijos cubriéndose la nariz y la boca. Pensaban que eso solo ocurría en los hospitales y no en los pueblos de la selva donde supuestamente el aire es puro y no debería existir la contaminación.

Pero existe. La Dirección de Medio Ambiente de la Alcaldía de Santa Cruz envió a un equipo de monitoreo para medir la calidad del aire en diferentes comunidades de la Chiquitania, en especial a las que han sido afectadas por el fuego.

Y cuando realizaron la medición en San Lorenzo Viejo, supieron que la calidad del aire que los habitantes respiraban, era mala, por lo que recomendaron a la población usar barbijos y no realizar actividades físicas al aire libre y tomar mucho cuidado con los grupos de riesgos, personas de la tercera edad y menores de edad.

La enfermera Linda Moldes fue una de las tantas personas que llegaron en agosto a Quitunuquiña para trasladar a los niños en la ambulancia de la Alcaldía de Roboré. No pudo convencer a sus madres para que ellas también vayan y por eso llegaron a un acuerdo, para que permitan el traslado de sus hijos que presentaron cuadros de diarreas, faringitis, conjuntivitis alérgica, y faringitis.

Pero no todos los niños se fueron. Los tres pequeños de Yanine Surubí, se quedaron porque no hubo espacio en la ambulancia, pero también porque ella no quería separarse de sus muchachos.

La batalla contra el fuego fue incesante. Los habitantes de Quitunuquiña esperaron como a un mesías al avión Boeing 747 Supertanker, procedente de los Estados Unidos, que el Gobierno boliviano alquiló para que descargue agua y ayude a sofocar los incendios.

Pero lo 72.000 litros de agua que el avión expulsó desde el aire no tuvo el efecto mortal contra el fuego. El agua bajaba con fuerza desde el cielo, apagaba las llamas y rebotaba entre las piedras y a veces alborotaba a las brasas que brincaban a otros lugares para empezar otro infierno.

Son los testimonios de los hombres que estuvieron en el ‘campo de batalla’ con sus palas en las manos, listas para ayudar al Supertanker, para atacar por tierra lo que el gran avión no podía hacer desde las alturas.

Es que la toma de agua de la comunidad de Quitunuquiña se encuentra en un lugar accidentado, en una pendiente desde donde el líquido desciende sin problemas, especialmente en tiempos de calor, de inmensa sequía como la que ya han soportados en años anteriores.

El agua es la joya más preciada de muchos pueblos de la Chiquitania. San Lorenzo ha soportado en carne propia lo que significa no tener agua. El fuego ha quemado la manguera que conecta con la bomba de agua y los días de agosto han sido los peores del año por la carencia de esa riqueza natural.

El alcalde de Roboré, Iván Quezada, llegaba con botellas de agua mineral y también llegaban personas solidarias de Santa Cruz y del interior del país. Lo hacían cargados con agua y con ropa, con alimentos y con medicamentos para seres humanos y para animales.

La vida no es fácil para los habitantes de esta comunidad que queda a 200 metros de la carretera asfaltada, a 50 km de Roboré. A pesar de que no está en un lugar remoto, el tendido eléctrico no llega hasta las casas de San Lorenzo.

Un letrero informa que el incendio está cerca del pueblo

Las noches que el fuego amenazó con entrarse en sus casas sintieron más que nunca la falta de la energía eléctrica. Los mecheros y las velas solo alumbraban el interior de las casas, pero una vez cruzaban las puertas se encontraban con un escenario negro, contaminado por el resplandor de las fogatas que expulsaba el bosque que cobijaba en su seno al chancho tropero, a la urina y al mono aullador, al zorro, al armadillo y al perezoso, al oso hormiguero y a la iguana, a la tortuga y a la lagartija.

Organizaciones ambientalistas alertaron del daño sobre más de 500 especies de fauna por los incendios que han consumido ya más de 3 millones de hectáreas de bosque, cultivos y pastizales.

Uno de los lugares más afectados es el Bosque Seco Chiquitano, un complejo de biodiversidad endémico, donde también está la Reserva Natural de Tucabaca, donde existen 554 especies distintas de animales, distribuidas en 69 especies de mamíferos, 221 de aves, 54 de reptiles, 50 especies de anfibios y 160 de peces.

Según la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano (FCBC), esta región comprende una ecorregión que se extiende casi en su totalidad en Bolivia, particularmente en el departamento de Santa Cruz, y en menor medida en el norte de Paraguay y el oeste de Brasil.

Con una extensión de más de 24 millones de hectáreas corresponde al bosque seco tropical más extenso del mundo. Seis meses de período de lluvias y seis meses de sequía hacen a este bosque muy especial en su biodiversidad, pero también extremadamente frágil”, según la FCBC, que sostiene que el Bosque Seco Chiquitano aporta a dos grandes cuencas hídricas de Sudamérica: el Amazonas y el Paraguay-Plata, además que la dinámica del Gran Pantanal de Bolivia y Brasil y su influencia hacia Paraguay, depende del estado de conservación de esta ecorregión.

Roberto Vides, director de la FBSC no duda en calificar a los incendios como una gran tragedia. Tampoco duda en decir que lo que ha ocurrido fue un biocidio porque todos los males que aqueja al bosque seco mataron a miles de especies, de biodiversidad, a la vida de animales, de plantas, hongos, insectos y microrganismos que hacen que la vida funcione.

Huáscar Azurduy, coordinador de Gestión del Conocimiento Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano, no dudó en decir que el Bosque Seco Chiquitano, es un bosque tropical que en época seca deja caer sus hojas haciendo que se forme en el suelo un colchón de hojas secas que deben ser vistas como papel.

“Solo hace falta una chispa para que se arme el incendio”, dice Cecilio Baudoro Siles, el hombre que lo perdió todo en la comunidad El Portón, en el municipio de Roboré.

Perdió lo que había conseguido reunir durante 16 años de trabajo duro con su esposa Alcira Peralta. El fuego, como si fuera un bicho hambriento, comió su casa y sus plantaciones de limones, mandarinas, naranjas y papayas.

Cecilio, con 63 años de vida, no recuerda haber visto a ninguna plaga tan feroz como un incendio. “El fuego, lamenta, mata a animales y plantas por igual. Devora todo lo que encuentra a su paso”, dice.

“El fuego ha matado a la chancha que estábamos criando y ni siquiera hemos podido sepultarla porque al verla muerta a causa del incendio la colocamos al borde de la carretera”, ha explicado.

Alcira y Cecilio, después de haber luchado contra el fuego, se dieron cuenta que algún vecino sin alma robó el cadáver intoxicado del animal.

– Hay quienes no respetan ni las tragedias, lamenta Alcira, que dice que tampoco se puede quejar porque la ayuda de gente solidaria le ha empezado a llegar.

Hasta antes de la tarde del 16 de agosto todo era casi perfecto para ellos.

Su casa estaba a 100 metros de la carretera bioceánica, entre San José y Chochís. Esa casa que ya no está tenía una ventana que daba a las serranías con imágenes de postal y cada vez que abrían la puerta entraba un aire dulce y el canto de los pájaros se quedaba rebotando en las paredes hasta que se entraba el sol.

La pareja tenía motivos para sentirse feliz: sus plantas de mandarina injertada iban a frutar este año; la cerdita con la que pensaban sacar crías para hacer crecer una pequeña granja crecía sin enfermarse, y habían adquirido un motor para bombear agua de un pozo del que brotaba un líquido cristalino y limpio que no era necesario hacer hervir.

Pero todo se vino abajo el 16 de agosto, entre las 14:30 y las 15:00. Alcira y Cecilio vieron bajar el fuego de una serranía y aun así dudaron que el incendio se anime a bajar por ellos. Cuando sintieron la furia de las llamas pisándoles los talones, él intentó espantarlas de las plantas y de la casa, y ella, salvar el motor de la bomba de agua. Solo pudieron salvarse ellos y quedaron con la ropa en el cuerpo.

En El Portón, localidad ubicada 4 kilómetros de donde vivían Alcira y Cecilio, a los habitantes les cuesta salir del susto que el incendio amenazó con quemar sus casas y en quitarles todo lo que tienen.

Las 10 familias que viven aquí durante varias semanas estuvieron refugiadas en la vieja estación de tren para evitar ser sorprendidos por el voraz incendio. Desde que el fuego empezó a formar parte de sus vidas se les quedó la costumbre de levantar la mirada hacia las serranías para asegurarse que las llamas no estén apareciendo amenazante por el horizonte.

Fuente: eldeber.com.bo