
La palabra autoridad proviene del latín auctoritas, derivada a su vez de auctor, término que en la antigua Roma designaba al creador, fundador o autor de una obra. Su raíz se encuentra en el verbo augere, que significa “hacer crecer”, “aumentar” o “promover”. Esta etimología revela una concepción muy distinta a la que solemos asociar hoy con el ejercicio del mando. Para los romanos, la autoridad no descansaba en la imposición de la fuerza, la potestad, sino en el prestigio moral, la experiencia y la capacidad de orientar a una comunidad hacia su desarrollo. Quien poseía autoridad era alguien capaz de hacer avanzar un proyecto colectivo, de otorgarle sentido y continuidad.
Con el paso de los siglos, el concepto evolucionó hasta referirse a la legitimidad o potestad de una persona para dirigir, ordenar o ser reconocida como referencia en un ámbito determinado. La auténtica autoridad no surge de la coacción ni del temor, sino del reconocimiento que los demás conceden a quien inspira confianza, respeto y credibilidad.
En el último tiempo la palabra autoridad ha sido puesta en entredicho. Se la ha asociado a abuso, rigidez y control. Cuestionarla se transformó en señal de lucidez y derribarla en un acto de emancipación. Con la debilitación de la autoridad se instaló una molesta sensación de desconcierto.
Vivimos en una época en la que el acceso a la información es prácticamente ilimitado. Cuando nunca fue tan fácil formarse una opinión, en la práctica se da el resultado contrario. La abundancia, en este caso, no es sinónimo de claridad, más bien produce mucho ruido. Es en este ruido que distinguir entre lo relevante y lo accesorio o lo cierto y lo dudoso, se vuelve cada vez más difícil.
Durante buena parte del siglo XX fueron distintas instituciones las que cumplían el rol de autoridad. La familia, la escuela, los medios, la universidad, las iglesias. Cada una, acorde a sus posibilidades, ofrecía un marco de sentido. No eran infalibles, pero sí reconocibles, funcionando como puntos de referencia en medio de la complejidad social. Sin embargo, generaron mucho abuso y escándalo, que recién con el despuntar del siglo XXI quedaron en evidencia. Generaron una crítica que, con el tiempo, se volvió estructural. La desconfianza dejó de ser una herramienta para volverse un principio. En un proceso en el cual se cuestionaron las fallas de las instituciones y, los más graves, sus funciones, quedó en entredicho tanto el poder como la orientación que ofrecían.
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Hoy las instituciones que fungían como autoridad han sido reemplazadas por otras más inestables. Las redes sociales han democratizado la posibilidad de opinar, pero también han alterado los criterios de legitimidad. La visibilidad reemplaza a la experiencia, siendo la cantidad de seguidores lo que asigna credibilidad. Y la velocidad con la que circula una idea muchas veces importa más que su consistencia.
Las autoridades no han desaparecido, han cambiado de forma. Un creador de contenido puede influir hoy en miles o millones de personas en cuestión de horas. Puede instalar temas, modelar opiniones, definir tendencias. Sin embargo, esa influencia suele carecer responsabilidad, uno de los rasgos fundamentales que tradicionalmente acompañaba a la autoridad.
Se produce una asimetría que genera tensiones, pues quienes reciben mensajes no siempre cuentan con herramientas para evaluarlos críticamente. Y quienes los emiten no siempre asumen las consecuencias de sus dichos.
Es así como los individuos, lejos de haber quedado liberados de toda autoridad, se encuentran expuestos a múltiples fuentes de influencia simultánea. Algoritmos que ordenan lo que ven, plataformas que priorizan determinados contenidos, voces que compiten por su atención. La diferencia es que estas nuevas autoridades rara vez son visibles como tales, presentándose como pares, como referencias cercanas, como parte del mismo flujo. Y, sin embargo, cumplen las mismas funciones de orientar, sugerir o condicionar. Sin autoridad legítima, la promesa de libertad se transforma en desorden.
El problema no radica en haber puesto en cuestión a las instituciones pasadas, sino en no haber construido, en paralelo, nuevas formas de autoridad basadas la integridad, el conocimiento y la coherencia entre discurso y acción. Porque cuando las referencias confiables desaparecen queda un espacio que no se llena siempre con lo mejor. La historia reciente muestra que, en ausencia de autoridades reconocidas, tienden a emerger otras más volátiles, fragmentadas y menos transparentes.
Tal vez, por eso, junto al discurso dominante de la autonomía individual, comienza a aparecer otra necesidad, la de encontrar voces que valga la pena escuchar. No se trata de restaurar el pasado ni de idealizar instituciones que también fallaron. Se trata de asumir que ninguna sociedad funciona sin algún tipo de referencia compartida.
Una comunidad puede sobrevivir a crisis económicas, conflictos políticos o transformaciones culturales profundas. Lo que le resulta mucho más difícil es sobrellevar una sociedad sin criterios comunes para orientarse. Es así como después de celebrar la caída de la autoridad, hemos descubierto que no es que necesitemos menos autoridad. Lo que necesitamos es mejor autoridad.
Por Mauricio Jaime Goio.
