Las creencias no sólo explican cómo vemos el mundo; también determinan cómo actuamos en él. Primero se convierten en ideas, luego en emociones y finalmente en decisiones. El problema aparece cuando esas creencias dejan de corresponderse con la realidad y, aun así, seguimos aferrados a ellas.
Eso parece haber ocurrido con quienes impulsaron los 50 días de bloqueo de caminos. Más que un fracaso táctico, sufrieron el colapso de un conjunto de creencias que durante años les permitió interpretar el país y ejercer influencia sobre él.
Hostilidad
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Una de esas creencias consistía en pensar que el miedo podía reemplazar a la persuasión. Confiaron en que el sufrimiento de terceros obligaría a más personas a sumarse a su causa. Sin embargo, la coerción puede conseguir obediencia momentánea, pero rara vez construye adhesiones duraderas.
El miedo es un poderoso movilizador cuando fortalece la cohesión del propio grupo. Pero cuando se ejerce sobre quienes piensan distinto suele producir resistencia, indignación y deseos de defenderse. El bloqueo terminó uniendo a muchos ciudadanos no alrededor de un proyecto político, sino alrededor del rechazo a la violencia como forma de hacer política.
Somos mayoría
Otra creencia fue asumir que seguían representando a la mayoría social del país.
El censo de 2001 mostró que seis de cada diez bolivianos se autoidentificaban con algún pueblo indígena. En 2012 esa proporción disminuyó a cuatro. Más allá de las discusiones sobre la metodología del censo de 2024, existe un fenómeno más profundo: las identidades sociales cambian con el tiempo.
Las culturas no son fotografías inmóviles; son procesos permanentes de creación, recreación e intercambio. Confiar únicamente en datos o percepciones construidas hace dos décadas impide comprender a una sociedad que hoy es mucho más urbana, diversa y compleja.
La política exige revisar constantemente las propias convicciones. Cuando una organización deja de hacerlo, corre el riesgo de confundir sus creencias con la realidad.
Invencibles
Durante años circuló entre los dirigentes la idea de que podían poner y deponer gobiernos.
Aquella experiencia terminó convirtiéndose, poco a poco, en una certeza. Pero la historia nunca se repite exactamente igual. Las sociedades cambian, aparecen nuevos actores, nuevas tecnologías y nuevas formas de organización ciudadana.
Confundieron una experiencia histórica con una ley permanente de la política.
La inteligencia no consiste únicamente en recordar el pasado. También implica reconocer cuándo ese pasado ha dejado de explicar el presente.
Los bloqueadores interpretaron la crisis con categorías construidas en un país donde no existían las redes sociales, la inteligencia artificial ni la velocidad con la que hoy circula la información. El escenario había cambiado mucho más de lo que estaban dispuestos a admitir.
Etnia y clase
Otra convicción fue creer que la identidad étnica bastaba para mantener cohesionados intereses muy distintos.
Sin embargo, las identidades no desaparecen; se superponen.
Los ciudadanos de El Alto, mayoritariamente migrantes aymaras, comparten lengua, memoria histórica y buena parte de su cultura con las comunidades rurales. Pero también desarrollaron actividades económicas, expectativas y proyectos de vida diferentes.
Un comerciante, un transportista, un profesional o un empresario puede seguir sintiéndose profundamente aymara y, al mismo tiempo, priorizar decisiones económicas distintas a las de un agricultor.
La identidad une. La posición económica también influye. Ignorar cualquiera de esas dos dimensiones conduce a diagnósticos incompletos.
Pueblo
Quizá la creencia más importante fue pensar que bastaba con invocar la palabra pueblo para hablar en nombre del pueblo.
Pero el pueblo no es una organización, un sindicato, una federación ni un partido político. Tampoco una sola clase social o una única identidad cultural.
El pueblo es el conjunto de ciudadanos que, aun siendo distintos entre sí, comparten un mismo destino político.
Cuando millones de personas comenzaron a sufrir el desabastecimiento, la pérdida de ingresos, la interrupción de tratamientos médicos y la imposibilidad de trabajar, muchos dejaron de sentirse representados por quienes aseguraban actuar en su nombre.
No fue el pueblo quien abandonó a los bloqueadores. Fueron los bloqueadores quienes dejaron de interpretar al pueblo.
Estas creencias moldearon decisiones, emociones y estrategias. Como ocurre con cualquier grupo humano, las personas terminan reforzando aquello que escuchan todos los días. Las cámaras de eco hacen que las ideas se repitan hasta parecer verdades indiscutibles, incluso cuando la realidad empieza a desmentirlas.
Por eso, resulta tan difícil reconocer un error después de una derrota. Es más sencillo atribuir el fracaso a traiciones, conspiraciones o enemigos externos que revisar las propias convicciones.
Sin embargo, ninguna organización puede reconstruirse sobre el resentimiento. Toda transformación comienza cuando alguien deja de preguntarse quién lo traicionó y empieza a preguntarse qué necesita aprender. Sólo cuando una creencia se confronta con la realidad es posible cambiar.
Ese día, el dirigente descubrirá que existe vida después del odio.
