Miedo al estado de excepción


Alguna información reservada muy importante debe tener el presidente Rodrigo Paz y su gabinete de ministros, para soportar la tunda de palos, piedras, insultos, dinamitazos y hambruna, que sufre la Sede de Gobierno y parte de Bolivia, sin aplicar la medida de excepción. Suponemos, como no puede ser de otro modo, que esa información responde a una visión sobre las Fuerzas Armadas.

Es posible (nunca lo va a decir él) que desconfíe de los militares. Puede pensar que involucrar al Ejército en el desorden político a través del estado de sitio o de excepción aliente ambiciones fácticas, existan criterios distintos en el Alto Mando, y, además, que los mismos reclutas puedan desobedecer a sus superiores en vista de que gran parte de la tropa es de origen indígena, como siempre ha sido, pero ahora con mayor influencia política, que antes no existía. No hay que olvidar que Evo Morales convocó a una apertura en el Colegio Militar para el ingreso de cadetes sin ningún requisito previo, preferentemente nacidos en el Chapare.



Es decir que las Fuerzas Armadas están instruyendo en el manejo de las armas a quienes van a ser sus adversarios. Eso es fatal. Hemos visto lo que aconteció en la IX División en el trópico cochabambino, que ha sido vergonzoso, y nos ha dejado muy inquietos, porque gente sublevada se permitió hacer una “inspección” en el cuartel, atrevimiento único en el mundo.

El otro aspecto que puede frenar al presidente de la República para ordenar el estado de sitio – que siempre se dictó mediante decreto – es tan grave como lo anterior. Porque podría deberse a que las Fuerzas Armadas no estén en capacidad de levantar los bloqueos, que ahora han aparecido como la viruela por todo el país, mayormente en el occidente.

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Los únicos que saben cuáles son las condiciones en las que se encuentra el Ejercito, son los que lo comandan. Y ellos habrán informado al jefe de Estado, a través del ministro de Defensa o del Comandante en Jefe, si cuentan con la tropa necesaria, el armamento, la munición, los vehículos, la alimentación seca y el combustible, para una acción no menor a una semana, y varias semanas más de apaciguamiento. Serán los militares de mediano y alto rango quienes conozcan todo esto y no nosotros. Pero lo grave es que la información que le llega al presidente, le llega también, con pelos y señales, a Evo Morales y a los nuevos liderazgos que están surgiendo en El Alto y en la ciudad de La Paz.

Mencionar el estado de excepción o de sitio en nuestro medio, parece una salvajada, algo que ya pasó a la historia, solo digno de los militares golpistas. Sin embargo, quienes piensan así, no ofrecen una solución para el caos actual, donde La Paz está cercada, con sus pocas vías bloqueadas, sin comida, sin combustible, sin medicinas, y con matones “ponchos rojos” y de otro pelaje, lanzando dinamitas, dueños de las calles, y, lo peor de todo, exigiendo la renuncia del presidente Paz Pereira, que no lleva sino seis meses en el mando.

Si los energúmenos no quieren dialogar y lo que acuerdan no lo cumplen, La Paz y el resto del país no pueden soportar más farsas mañosas. Santa Cruz ni Cochabamba, tampoco pueden permitirse el lujo de estar enclaustradas durante semanas con su economía paralizada y su población indignada. Entonces, fracasado veinte veces el diálogo que propicia el gobierno, cuando se burla hasta a la Iglesia, solo quedan dos opciones, ambas riesgosas. O se van a levantar los miles o millones de ciudadanos bloqueados contra los cuatro gatos insurrectos produciendo averías graves o se dicta el estado de sitio y las fuerzas de seguridad del Estado – militares y policías – salen de sus cuarteles a desbaratar cercos y apresar cabecillas. El primero Evo Morales.

No existe nación en el mundo que viva en el bloqueo permanente y la amenaza callejera. Y los que existen, que no pasan de tres o cuatro, son las llamadas naciones fallidas, como Somalía y Yemen y un par más como Haití y el Congo, por ejemplo. En esas naciones – reducidas a pueblos – impera la violencia, no hay control del territorio, cunde el hambre, y no se sabe quién manda. Bolivia no es aún una nación fallida, pero va camino de serlo. Va camino de estallar y de que la republiqueta del Chapare se multiplique por veinte. Entonces habrá finalizado la aventura del Estado Plurinacional.