Entre la voz y el ruido: periodismo, redes sociales y la tentación del amarillismo en Bolivia


Ramiro Sánchez Morales

En la Bolivia de hoy, informar bien y con honestidad se ha convertido en una tarea titánica, casi en un acto de resistencia ciudadana. Vivimos inmersos en una época donde el volumen de la información ha ahogado la calidad de la misma. En medio de un ruido ensordecedor provocado por las redes sociales, de titulares diseñados exclusivamente para escandalizar y de contenidos audiovisuales que se comparten de manera compulsiva sin la menor verificación, el periodismo serio se enfrenta a su misión más crítica: ayudar a la sociedad a distinguir la verdad del mero espectáculo. No es una exageración afirmar que la salud de nuestra democracia depende, en gran medida, de cómo resolvamos esta crisis de la verdad.



El ecosistema de la desinformación

La desinformación ya no es un fenómeno marginal ni circula únicamente a través de rumores de pasillo o comentarios aislados en un café. Hoy, la mentira tiene una infraestructura tecnológica gigantesca. Se mueve con una rapidez vertiginosa a través de plataformas como TikTok, Facebook y WhatsApp, donde un video intencionalmente manipulado, un audio sacado de su contexto original o una afirmación grave lanzada sin una sola prueba puede instalarse en el imaginario colectivo como si fuera un hecho irrefutable.

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Instituciones dedicadas al fact-checking, como Bolivia Verifica, han advertido repetidamente que el objetivo de estas campañas no es informar, sino generar miedo, incertidumbre y polarización extrema. En este escenario digital, el ecosistema premia la reacción emocional instantánea por encima de la reflexión. TikTok favorece el impacto visual y la narrativa fragmentada; Facebook multiplica la indignación mediante algoritmos que encierran a los usuarios en cámaras de eco; y WhatsApp actúa como el vehículo perfecto para cerrar el circuito de la mentira, distribuyendo el engaño en grupos familiares o de amigos donde la confianza personal sustituye a la evidencia comprobable. Ante esta avalancha, el buen periodismo no debe intentar competir con la velocidad de la mentira, sino que debe armarse con la paciencia irrenunciable de la verificación.

Los rostros del periodismo ético

Por todo esto, resulta indispensable separar con absoluta claridad a quienes construyen y fortalecen la confianza pública de quienes, por interés o negligencia, la deterioran a diario. Desde mi perspectiva, el periodismo boliviano cuenta con referentes que han sabido mantener la brújula ética en medio de la tormenta. Hablo de nombres como Amalia Pando, Mario Espinoza, Juan Carlos Arana, Andrés Gómez, Gonzalo Rivera, Juan José Hidalgo y Pablo Deheza.

Seguramente hay otros nombres valiosos en las salas de redacción, en la radio y en la televisión nacional; profesionales jóvenes y veteranos que trabajan en el anonimato. Pero prefiero dejar esta lista acotada a estos referentes: quienes hacen bien su trabajo se defienden con su propia trayectoria y su credibilidad diaria; a los otros, a los artífices del engaño, es mejor no darles más espacio ni publicidad de la estrictamente necesaria.

Lo verdaderamente importante es entender por qué estos periodistas merecen nuestro reconocimiento. La respuesta radica en su método y en su respeto por el ciudadano. Porque investigan antes de hablar, porque preguntan lo que incomoda, porque contrastan las versiones oficiales con la realidad, porque tienen la humildad de corregir cuando se equivocan y, sobre todo, porque se niegan a entregarse al espectáculo fácil y barato. Ellos han comprendido que el periodismo no consiste en gritar más fuerte que el entrevistado ni en indignarse de manera histriónica frente a una cámara. Informar es un acto de pedagogía: es explicar mejor lo que realmente importa, desmenuzar lo complejo y ofrecer contexto. En tiempos de profunda confusión y crisis, es un alivio saber que todavía existen profesionales que sostienen el oficio con disciplina de hierro, criterio propio y un profundo respeto por la inteligencia de su audiencia.

La tentación del amarillismo

En la vereda de enfrente se encuentra el problema estructural del amarillismo, una práctica que disfraza el morbo de interés público. Este tipo de periodismo —si es que merece tal nombre— vive de exagerar el detalle, recortar la declaración para alterar su sentido, insinuar delitos sin presentar pruebas y vender como una certeza absoluta lo que apenas alcanza la categoría de sospecha.

El amarillismo convierte cualquier diferencia de opinión en un escándalo de proporciones épicas y cualquier conflicto social en una tragedia insalvable. Su modelo de negocio no busca ciudadanos informados, sino consumidores adictos a la indignación. No informa: agita. No aclara el panorama: lo enturbia deliberadamente. No fiscaliza al poder con responsabilidad y documentos en mano: simplemente golpea para ganar atención, sumar «me gusta» y monetizar el tráfico en sus plataformas. Es una renuncia total a la ética profesional en favor del lucro y la influencia malentendida.

La Voz del Sinchi y la selva de mentiras

Para entender la raíz moral de este mal periodismo, la literatura nos ofrece un espejo implacable. En su novela Pantaleón y las visitadoras, Mario Vargas Llosa construye en el personaje de «La Voz del Sinchi» al comunicador corrompido por antonomasia. Es el hombre que ha descubierto que el micrófono es un arma de extorsión masiva, que transforma la palabra en un mecanismo de presión implacable y que disfraza su afán de lucro con el traje de la indignación moral y el patriotismo regional.

Pero en la novela hay algo más profundo en esa figura, casi como si la selva misma de Iquitos lo hubiera prohijado en su espesura. La voz del Sinchi parece salir de un lugar húmedo, asfixiante y febril. A través de las ondas radiales, sus palabras no solo viajan, sino que mutan: cada frase de su programa se enreda en el aire pesado como si fuera una liana carnívora, y cada exageración maliciosa crece por sí sola, alimentada por el calor insoportable, la distancia geográfica y el sudor del rumor popular. En ese trópico espeso, el lenguaje deja de ser una herramienta para describir la realidad y se convierte en un conjuro para hechizar a las masas. Las mentiras del Sinchi caminan por las calles de tierra, cobran cuerpo físico entre la maleza, respiran en las esquinas y se instalan en las casas como bestias indomables que nadie se atreve a cuestionar. Esa es su verdadera peligrosidad: no emite simples falsedades, sino mentiras orgánicas que parecen tener vida propia, devorando la reputación de los justos bajo el sol inclemente.

Esa imagen literaria, cargada de una atmósfera mágica y asfixiante, sirve de manera perfecta para diagnosticar nuestro presente. Porque hoy, el «Sinchi» moderno ya no necesita una precaria cabina de radio en medio del monte; le basta con esconderse detrás de una cuenta anónima, una página de Facebook financiada con fines oscuros o un video viral en TikTok. Sin embargo, su alma sigue siendo idéntica: es el manipulador que no busca la verdad, sino el poder; el mercenario que no quiere servir al público, sino usarlo como moneda de cambio para sus intereses políticos o económicos. Por eso, la crítica al mal periodismo y al amarillismo no es un mero capricho de académicos, ni una pose moralista de salón. Es una auténtica defensa de la convivencia democrática frente a quienes confunden deliberadamente la influencia digital con la autoridad moral.

Una responsabilidad compartida

Al final del día, Bolivia necesita urgentemente menos ruido estéril y más rigor intelectual. Necesita salas de redacción pobladas por periodistas honestos, editores implacables que no cedan ante la presión del clic fácil, y dueños de medios que entiendan que la credibilidad es su único capital a largo plazo.

Pero esta batalla no pertenece solo a los trabajadores de la prensa. Requiere, indispensablemente, de audiencias maduras y críticas, de ciudadanos capaces de detenerse un segundo antes de compartir un mensaje alarmista, de lectores que exijan fuentes, que castiguen el sensacionalismo dándole la espalda y que sepan distinguir entre la información verificada y la manipulación emocional. En tiempos de tanta confusión, ruido y furia, la verdad y la credibilidad son bienes escasos. Proteger a los buenos periodistas y aislar a los difusores de mentiras es el único camino para asegurar que, en el futuro, sigamos teniendo una voz pública digna de ser escuchada.