El país todavía tiene una población mayoritariamente joven, pero nacen menos niños y el envejecimiento avanza. La CEPAL advierte que esta ventana puede impulsar la economía si el país logra convertir juventud en empleo y productividad
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Taís tiene dos hermanos mayores. Su abuela materna tuvo nueve hijos y su abuela paterna, seis. Una generación después, su madre tuvo solo tres. Taís, por ahora, ni siquiera contempla la maternidad entre sus planes. En tres generaciones, una familia cruceña resume parte de una transformación que está cambiando silenciosamente a Bolivia.
El más reciente informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) permite mirar esa historia desde otra dimensión. América Latina y el Caribe tienen cada vez menos niños y más adultos mayores. La fecundidad regional cayó a 1,8 hijos por mujer en 2024 y ya está por debajo del nivel necesario para el reemplazo de la población.
Bolivia todavía se diferencia de buena parte de sus vecinos. Es uno de los países más jóvenes de la región y atraviesa con cierto retraso la transición demográfica. Taís está en el centro de una Bolivia todavía joven. Sus casi 25 años coinciden prácticamente con la edad mediana de la población del país. Pero esa fotografía tiene fecha de vencimiento: Bolivia está envejeciendo.
Una oportunidad irrepetible
Para entender por qué importa, imaginemos cinco personas: tres están en edad de trabajar, una es niña y otra, adulta mayor. Hay tres personas potencialmente productivas frente a dos que, por su edad, dependen en mayor medida de los ingresos y cuidados de otros. Trasladada a millones de habitantes, esa relación puede convertirse en una enorme ventaja económica.
Los demógrafos la llaman bono demográfico. Es un período en el que aumenta proporcionalmente la población en edad de trabajar, mientras disminuye el peso de los niños y todavía no crece aceleradamente el de los adultos mayores. Más personas trabajando, produciendo, consumiendo, ahorrando y pagando impuestos pueden crear mejores condiciones para que una economía crezca.
Pero no basta con ser joven. La CEPAL advierte que los beneficios de esa estructura poblacional no están garantizados. Para aprovecharla se necesita educación, inversión, empleo y productividad. Una generación numerosa sin oportunidades laborales puede envejecer sin haber convertido aquella ventaja demográfica en desarrollo.
Ahí aparece una de las grandes paradojas de Bolivia. Mientras otros países latinoamericanos están terminando esa etapa, el país todavía dispone de tiempo. La pregunta no es únicamente cuánto durará esa ventaja, sino qué hará Bolivia con los jóvenes que hoy tiene.
La historia de Taís ayuda a entender por qué el reloj comenzó a correr. Las familias numerosas de sus abuelas son cada vez menos frecuentes. Un estudio de UNFPA y Fundación Aru recoge que la fecundidad boliviana cayó de 2,9 hijos por mujer en 2016 a 2,1 en 2023. En apenas siete años, la reducción fue del 27,6%.
No es solo una cuestión de números. Cambiaron las familias y también las aspiraciones. Educación, incorporación femenina al trabajo, autonomía económica, planificación familiar, urbanización y nuevos proyectos personales forman parte de una transformación cultural. En Taís, las prioridades inmediatas son otras: terminar la universidad, trabajar y continuar estudiando.
Con fecha de vencimiento
Tener menos niños reduce inicialmente la cantidad de personas dependientes y favorece aquella ventana económica. Pero el tiempo cambia la ecuación. Esos jóvenes llegarán a la vejez y detrás vendrán generaciones menos numerosas. Habrá proporcionalmente menos personas en edad de trabajar y más adultos mayores que necesitarán pensiones, atención sanitaria y cuidados.
En Bolivia, ese futuro tiene un ingrediente adicional: la informalidad. El estudio sobre envejecimiento advierte sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones frente al crecimiento de los beneficiarios en una economía altamente informal, donde la irregularidad de las cotizaciones puede generar rentas muy bajas.
La salud también entra en la cuenta. Vivir más es una conquista, pero los gastos sanitarios aumentan con la edad y las enfermedades crónicas y discapacidades incrementan las necesidades de atención. Bolivia envejece más tarde que otras sociedades latinoamericanas, pero desde la próxima década ese proceso podría acelerarse. El rezago representa una oportunidad únicamente si el país utiliza el tiempo para prepararse.
Adelantemos el reloj. Taís tiene 24 años en 2026. En 2050 tendrá 48. En 2075, 73. La joven que hoy pertenece a una generación numerosa en edad productiva será entonces parte de la Bolivia envejecida para la que su propia generación deberá haber construido mejores empleos, mayor productividad y sistemas sostenibles de salud, pensiones y cuidados.
Menos hijos y más años de vida resumen una paradoja de este siglo. Son transformaciones positivas asociadas a decisiones personales y conquistas sociales, pero multiplicadas por millones cambian la estructura económica de un país. El desafío no consiste en intentar detenerlas, sino en anticiparse a sus consecuencias.
Taís tiene ahora preocupaciones mucho más cercanas: graduarse, trabajar y hacer un posgrado. Si algún día tendrá hijos y cuántos será es una decisión exclusivamente suya. Sus abuelas tuvieron nueve y seis; su madre, tres; ella imagina su futuro de otra manera. Preparar a Bolivia para las consecuencias económicas de millones de decisiones como esa ya no es una elección individual: es una tarea del país.
PARA TOMAR EN CUENTA
Indicador en descenso
La fecundidad boliviana cayó de 2,9 a 2,1 hijos por mujer entre 2016 y 2023, un 27,6%.
Una oportunidad
Bolivia todavía puede convertir su juventud en más empleo, productividad y desarrollo.
Envejecimiento
Más adultos mayores pondrán presión sobre la salud, las pensiones y cuidados del país.
CIFRA
27,6% un descenso sostenido. Es la tasa de reducción de la fecundidad, en Bolivia, en los últimos siete años.
