Cuentan las crónicas del 25 de abril del año 1825 que, el general Antonio José de Sucre, llegaba a Chuquisaca acompañado por Juan Antonio Álvarez de Arenales, con la finalidad de organizar el escenario de los territorios recientemente liberados. El héroe de la batalla de Ayacucho estaba decidido a respaldar la convocatoria de una asamblea de representantes de las provincias alto peruanas, para que sean estos los que deliberasen acerca de su destino. Un contexto decisivo para la historia del Alto Perú, que sería el antecedente previo a la declaración de independencia y la creación de la nueva república.
A pesar de las distintas muestras de cariño y agradecimiento recibidas, en medio de vítores y ovaciones, sin dilación alguna, Sucre comenzó a organizar el territorio en todas las esferas de la administración tras la caída de las instituciones del poder real, haciéndose cargo inmediatamente de las cosas urgentes. De manera provisional creó la Corte Suprema de Justicia, reemplazando la extinguida audiencia. Fijo su atención en todo aquello que demandaba reformas y/o arreglos inaplazables, asumiendo una tarea de organización política que finalmente sentó las bases para la fundación de la República de Bolivia.
Con toda solemnidad la asamblea se instaló el 10 de julio 1825. Las provincias habían delegado la representación en aquellos hombres que habían tenido cierta experiencia parlamentaria adquirida en el congreso de Tucumán, eligiendo además a lo más conspicuo y representativo, hombres probos e ilustrados, cada uno depositario del porvenir de la patria. Finalmente, la asamblea se inauguró con 39 diputados, siendo electo presidente Dn. José Mariano Serrano, quien vertió en su alocución palabras de elogio para Bolívar y Sucre, solicitando al Libertador la derogación del Decreto de Arequipa, que mantenía a las provincias del Alto Perú bajo dependencia de autoridad competente.
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El libertador llegó a la ciudad de Nuestra Señora de La Paz el 18 de agosto del mismo año, siendo recibido apoteósicamente, tal como sucedería posteriormente en Potosí, donde encaramado en lo más alto del Cerro Rico, acompañado por Sucre y Simón Rodríguez (mentor y maestro), pronunció el siguiente discurso: “En cuanto a mí, de pie sobre esta mole de plata, cuyas venas riquísimas fueron durante trescientos años el erario de España, yo estimo en nada esta opulencia cuando la comparo con la gloria de haber traído victorioso el estandarte de la libertad desde las playas ardientes del Orinoco para fijarlo aquí, en el pico de esta montaña, cuyo seno es el asombro y la envidia del universo”.
Aun en contra de sus propias contradicciones, Simón Bolívar, se entregó en una labor fecunda de organización de la naciente república. Fue asistido por la comisión legislativa permanente. Dictó decretos sobre diversos temas, interesándose por los asuntos relacionados con la nueva nacionalidad; educación popular, militar y eclesiástica. Trato el tema minero, agrícola, vialidad, protección de la raza indígena, creación de imprentas, industria, comercio, aduanas, puertos, beneficencia, entre muchas otras acciones que hacían prever un futuro prometedor en un país que desde su origen tuvo todo para convertirse en potencia económica y hoy, a más de dos siglos vista, observa sin resignar su suerte, ni doblegarse ante la condena impuesta por quienes insisten en socavar su futuro.
Bolívar dejó el territorio nacional el 1 de enero de 1826, entregando el mando al Mariscal de Ayacucho y prometiendo en su proclama de despedida lo siguiente: “Seréis reconocidos como una nación independiente; recibiréis la Constitución más liberal del mundo; vuestras leyes orgánicas serán dignas de la más completa civilización; el gran mariscal de Ayacucho está a la cabeza de vuestros negocios el 25 de mayo próximo (fecha de la convocatoria para la reunión del congreso constituyente) será el día en que Bolivia sea. Yo os lo prometo”.
Han transcurrido más de dos siglos desde la promesa del libertador y Bolivia sigue sin ser. Lo paradójico de todo, es que la patria cuenta con gente trabajadora, capacidad productiva, grandes riquezas en recursos naturales, anhelos por consolidar unidad y democracia a través de instituciones fuertes que puedan garantizar estabilidad y paz social permanente, así como el compromiso patriótico de la sociedad civil, base fundamental para que los bolivianos sean artífices de su propio destino.
En 201 años de vida republicana el país ha transcurrido del “Yo os lo prometo” del libertador; “Mi mira es la prosperidad, el reposo y la gloria de la patria” (Santa Cruz); “Bolivia se nos muere” (Paz Estenssoro): al “Bolivia, Bolivia, Bolivia Bolivia, Bolivia, Bol…”, como parte del compromiso y garantía del pacto social que tienen aquellos mandatarios que aceptan la misión histórica de reconducir los destinos del país.
A las acepciones históricas y económicas, sumémosle aquellas visiones antípodas que han buscado confrontar a los bolivianos, aquel sentimiento de rivalidad que ha sido exacerbado maliciosamente con un discurso de odio en las últimas dos décadas. La falta de pertenencia cultural y de identidad nacional oscilantes entre lo indígena originario y la concepción de un segmento que es poco menos que “inquilino” de su propia patria. Las brechas abiertas entre occidente y oriente, varones y mujeres, padres e hijos, ha consolidado una falsa narrativa de facciones irreconciliables que atenta al tejido social para beneficiar a pequeños grupos que han aprovechado esta disputa interna para cometer el expolio y latrocinio más atroz de los últimos dos siglos.
En varios momentos de su historia y mucho más en momentos críticos como el presente, el pueblo boliviano ha dado muestras claras de integración y trabajo mancomunado. Por encima de los aspectos étnicos, raciales, regionales, económicos, entre otros factores adversos que ha permitido a su gente reconocerse como hermanos y apostar por una convivencia pacífica y civilizada en la búsqueda unívoca de construir el futuro de la patria, garantizando el crecimiento y desarrollo para beneficio de su gente.
El connubio histórico que conserva el pueblo boliviano permite mirar el futuro con optimismo, gracias a que —a diferencia de lo que quisieran los políticos— su gente se encuentra unida. Si de algo pueden estar seguros los que quieren que el país fracase, es que el pueblo unido logrará superar este mal momento. Se lo hizo en el pasado, juntos ante la adversidad y se lo volverá a hacer en el presente. Los tiempos en los que unos cuantos decidían caprichosamente lo que era bueno para la mayoría, han terminado, es tiempo de integrar a los grupos de la sociedad civil que tienen mucho que aportar, para salir adelante.
En su momento el prolífico escritor chuquisaqueño Dn. Carlos Medinaceli señaló: “Si queremos ser nación, lo primero es que vayamos aprendiendo a pensar y expresarnos, en conformidad al genio nacional, al alma, a la raza, al espíritu territorial; porque eso es lo propio nuestro […] Más vale relinchar por cuenta propia que vestirse con las plumas del grajo”. Por ello es imperativo que nos atrevamos a ser bolivianos y pensemos en el futuro de la patria.
La celebración pálida de los 201 años de vida republicana, debe fortalecer nuestro compromiso patriótico. Es tiempo de mantenerse más unidos y firmes que nunca. Que el desánimo y la frustración no minen nuestra moral y permanezca nuestra fe intacta bajo la promesa de Dios, que pronto llegarán tiempos mejores. Recuerden que: “estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.
