El retorno de la historia, la deriva liberal


José Luis Laguna

Hay una célebre frase de Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto del Partido Comunista de 1848 que decía: «Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo».



La utopía de un mundo libre, sin oprimidos ni opresores, sin competidores desiguales en un planeta diverso.

Hoy, como comedia, un esperpento prepotente y cínico se arrastra por el mundo, y por América Latina de manera aún más grotesca: es el liberalismo, hecho de los delirios de economistas como Hayek, Buchanan y, cómo no, Friedman.

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Adaptando las ensoñaciones de un mercado libre de Smith y Ricardo -que nunca fue libre-, proponen una sociedad global sin fronteras económicas, abierta a la iniciativa individual. De ese liberalismo, hoy solo queda «la visión romántica de la libertad en jaulas de hierro».

Con este veredicto, Max Weber nos advertía hace más de un siglo sobre las contradicciones que embargan a un sistema que promete emancipación individual mientras construye, con la fría eficiencia burocrática de Adolf Eichmann, cárceles de hierro y cemento para los seres humanos. Hablo de colectividades atrapadas en nacionalismos y Estados donde las normas y los derechos humanos terminan volviéndose contra los seres humanos, en nombre de soberanías nacionales que unen los autoritarismos de izquierdas y derechas.

Este contexto ideológico se ha convertido en el telón de fondo de la crisis del capitalismo, que no es solo económica, sino civilizatoria, y que hoy usa como arma punitiva al comercio internacional. El régimen arancelario impuesto por Donald Trump, con sus muros físicos y legales, es el arma efectiva, la menos descarnada, de la guerra híbrida que perturba a todos los habitantes del planeta.

Es la guerra de siempre, la del dominio de los recursos económicos y la apropiación ideológica de los imaginarios colectivos.

El orden global, siempre frágil, está siendo sacudido desde sus cimientos, porque expone con crudeza la contradicción más profunda del sistema capitalista, se declara portador de la libertad individual mientras ejerce un proteccionismo económico y monopólico feroz a favor de las élites, empobreciendo al resto de la sociedad.

En tanto, la derecha latinoamericana, con la fe de neófita, invoca principios del liberalismo clásico para imponer su «lucha cultural» y reducir la intervención del Estado -entiéndase por Estado el orden y el interés colectivo, no solo el gobierno- contra los resabios de un populismo ineficaz que aparentó ser redistribuidor en tiempos de bonanza y resultó inútil y corrupto como cualquier régimen político.

Estas corrientes «liberales latinoamericanas» están encumbrando en el poder a líderes o fanáticos radicales, en una coyuntura en la que el Estado-nación se repliega sobre sí mismo y los nacionalismos se yerguen con nuevos muros, condicionando las libertades individuales a través de mecanismos de biopoder.

Como sostenían Foucault y Beauvoir, la política se hace para controlar nuestros cuerpos y nuestros modos de pensar. Volvamos a los hechos, al comercio internacional convertido en arma de guerra híbrida.

La administración Trump ha desplegado un arsenal de aranceles como mecanismo de presión global. En julio de 2026, entró en vigor un nuevo paquete de aranceles de entre el 10% y el 50% dirigido a las mercancías de sesenta economías mundiales, afectando a aliados históricos y competidores globales por igual.

Esta medida, que reemplazó un arancel temporal del 10% que expiraba, se sustenta en la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, una vía legal más difícil de rebatir que los aranceles globales que la Corte Suprema norteamericana había declarado inconstitucionales en febrero.

La justificación oficial, combatir el trabajo forzoso en las cadenas de suministro globales, ha sido ampliamente cuestionada por analistas y gobiernos extranjeros, que la califican como un «ardid proteccionista norteamericano que utiliza los derechos humanos como pretexto». Brasil, por ejemplo, calificó la decisión de «completamente arbitraria e injustificada» y anunció la activación inmediata de su Ley de Reciprocidad y el litigio ante la OMC. Chile, con un TLC vigente desde 2004, cuestionó que la medida «no se condice» con la sólida institucionalidad laboral chilena y prevé acudir a Washington para solicitar su exclusión de la lista.

Australia, por su parte, calificó los aranceles de «injustificados» e «incompatibles» con su acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Incluso Japón, que había alcanzado un acuerdo bilateral en 2025 que fijaba una tarifa del 15% a cambio de millonarias inversiones, lamentó la decisión, evidenciando la volatilidad de un sistema donde los acuerdos pueden ser unilateralmente alterados.

Esta ofensiva arancelaria no es un hecho aislado, sino parte de una nueva ola global de nacionalismos económicos que se gesta desde la pandemia y que ha llevado a una oleada de nacionalizaciones sin precedentes. Nicholas Mulder, en su análisis para el FMI, documenta que entre 2020 y 2026 se nacionalizaron activos por un valor de entre 239.000 y 544.000 millones de dólares.

Este fenómeno, que constituye la «Cuarta Oleada de Nacionalizaciones» (2020 al presente), se caracteriza por un contexto inflacionario, un aumento del proteccionismo y un sector objetivo centrado en materias primas, servicios públicos y minería. La inestabilidad geopolítica, las perturbaciones en los mercados de materias primas y el desarrollo de las energías renovables están impulsando estas estatizaciones.

Las grandes economías y los expertos en comercio internacional ya no solo preguntan cuánto cuesta producir un bien; también necesitan saber dónde se fabrica, quién lo controla, qué tan confiable es el país proveedor y qué riesgos existen si una crisis política, militar o sanitaria interrumpe el suministro.

Estados Unidos busca depender menos del resto del mundo; Europa impulsa programas para producir más tecnología dentro de sus fronteras; China acelera su estrategia de autosuficiencia industrial; India ofrece incentivos para atraer fábricas internacionales; Japón subsidia el regreso de empresas que durante años produjeron en otros países.

El resultado es un mundo menos globalizado y mucho más nacionalista, organizado en clubes de países aliados.

El economista francés Thomas Piketty, en su obra Capital e ideología, desmonta pieza por pieza el relato liberal que ha legitimado la desigualdad entre las naciones durante dos siglos. Su tesis es contundente: la desigualdad no es un fenómeno económico o tecnológico, ni mucho menos de ventajas comparativas.

Es, ante todo, de economía política. Cada sociedad debe justificar sus desigualdades, y cada época produce un discurso que las legitima. El gran relato liberal, la meritocracia, la igualdad de oportunidades, el esfuerzo individual como cualidad del mercado son, según Piketty, una impostura.

«La meritocracia que se expandió como modelo exclusivo desde los años 80 equivale a una suerte de carta mágica que les permite a sus promotores justificar cualquier nivel de desigualdad sin tener que examinarla y, de paso, estigmatizar a los perdedores por su falta de mérito, competencia, virtud y diligencia en el mercado». Esto, en términos puros y duros, son los enfoques y políticas del libre mercado.

¿Cómo es posible competir en un mundo plagado de desigualdades y de proteccionismo, en función de los intereses hegemónicos? ¿Quién es el mejor, el más «capaz», o el aliado más funcional? Esta crítica es particularmente pertinente para América Latina. La nueva derecha, en las empresas, en los gobiernos y hasta en las universidades de la región, ha importado acríticamente ese relato meritocrático, ignorando que las condiciones históricas y estructurales de nuestros países (desigualdad extrema, fragilidad institucional, dependencia económica) hacen inviable cualquier receta de este tipo.

El resultado es una ideología errática que, como señala Piketty, termina «culpabilizando a los pobres y marginales» por ser causa de la mala administración y la distribución corrupta de quienes detentan la calesita del poder temporalmente.

No es casualidad que el economista francés sitúe el inicio del ciclo más dinámico de la desigualdad a finales de la Primera Guerra Mundial, cuando se destruyó y redefinió la desigual globalización comercial y financiera que estaba en curso en la Belle Époque. El ciclo actual, marcado por la hiperglobalización de los años 19902020, no ha hecho más que profundizar esa tendencia.

Como evidencia, es fácil explicar de este modo la crisis del cercano y medio oriente, que lacera y cuestiona el orden mundial al haber impuesto Estados que dividen culturas y pueblos sin más mediación que los intereses económicos e imperiales europeos y norteamericanos.

La idea de Francis Fukuyama de que el fin de la historia suponía el triunfo definitivo del liberalismo como ideología se desmorona ante el espectáculo de un mundo fragmentado. Slavoj Žižek, el filósofo esloveno, ha insistido en que el liberalismo ya no es un horizonte de progreso, sino una ideología a la deriva, que disputa métodos contradictorios con los principios de la libertad.

El liberalismo del siglo XXI ha abandonado su pretensión universalista para convertirse en la ideología de una élite global que se protege tras muros (físicos y virtuales) mientras el resto del mundo se desintegra. Esa es la «jaula de oro» weberiana en su máxima expresión. Žižek advierte que «cuando el sistema tambalea, no se lo cuestiona, se busca a un Otro a quien culpar».

Desde esta perspectiva, la política arancelaria que promueve Estados Unidos no puede entenderse solo como una defensa del mercado interno, sino como una forma de afirmar soberanía en un mundo que el imperio percibe, cada vez más, como amenazante.

El retorno de la consigna «America first» expresa esta voluntad de priorizar lo nacional, incluso a costa del ya resquebrajado equilibrio global y del mercado libre.

El comercio internacional, que los liberales de cátedra presentan como un mecanismo natural de cooperación, prosperidad y competencia del más eficiente, se ha convertido en el Caballo de Troya de la guerra híbrida. La política arancelaria de Trump no es un paréntesis en la globalización, sino su manifestación más cruda, el capital especulativo de las sociedades ricas que impone su ley sobre el trabajo de las sociedades más pobres, quienes cargan el peso de la pauperización de la vida cotidiana.

Vivir con el tráfico de drogas, el contrabando, la violencia urbana y la precariedad es la norma para las mayorías, mientras los ricos se enclaustran en sus jaulas de oro, replicando la lógica de la ciudad fortificada que Weber describió como el origen de la ciudad occidental. La crisis boliviana, como bien lo analiza el artículo de El Deber «Bolivia: del nacional-popular rentista al vacío de poder», no es una crisis de políticas públicas: es una crisis de hegemonía. Durante casi siete décadas, el proyecto nacionalpopular gobernó Bolivia (con dictaduras, democracias liberales o populistas) apoyado en una narrativa ideológica de soberanía nacional, control político fuerte y abundancia de rentas extractivas (minerales y petróleo).

El ciclo de altos precios financió gasto público, transferencias y subsidios, pero también la construcción de un bloque histórico de poder con fuertes mecanismos de lealtad económica y simbólica. No fueron solo regímenes de izquierda, sino también de derecha. Cuando el ciclo primario exportador se agotó, se erosionó también la capacidad gubernamental de sostener el entramado de alianzas y control del poder.

Vamos por el séptimo ciclo de este proceso en la historia de la república. El turno actual es de los liberales variopintos, que abren una nueva etapa que busca reciclar el modelo negociando los recursos naturales con los aliados de turno. Hoy, el modelo no cambió, solo la retórica. Vivimos un tiempo de fragilidad absoluta. La sociedad se gestiona sin gobierno, porque el «modelo» no genera excedentes para alimentar a las coaliciones corporativas que viven alrededor del Estado. El colapso populista no fue la derrota de un partido, sino la implosión de un sistema completo de distribución de poder, rentas y representación.

El gobierno de Rodrigo Paz Pereira, construido sobre un «préstamo electoral» de sectores desconcertados más que sobre una identidad política propia, ha interpretado erróneamente la crisis como un desafío de gestión económica y no como una disputa por la reconstrucción del poder político.

En este escenario, el liberalismo boliviano, que emerge del colapso nacionalpopulista, ha importado acríticamente los eslóganes liberales que ya han caído en saco roto en sus países de origen. Como señala el análisis de El Economista sobre el populismo en América Latina, el modelo es Trump, cuya esencia es un nacionalismo proteccionista blancoide, una retórica polarizadora y guerras de invasión y despojo. Joseph Stiglitz lo resume: «La economía, la democracia y la seguridad nacional de Estados Unidos se están sacrificando en el altar de la codicia insaciable de Trump y sus aduladores». Y Bolivia será parte del daño colateral.

El dilema es que la nueva derecha latinoamericana, que se declara liberal, termina adoptando las mismas prácticas proteccionistas que critica y habla de la «patria» con los mismos argumentos que el fascismo europeo.

El caso de Argentina es ilustrativo: mientras el presidente Milei defiende a ultranza la eliminación de barreras comerciales y la apertura total de los mercados, la vicepresidenta Villarruel defiende posturas nacionalistas y proteccionistas, afirmando que «sin empleo nacional y sin producción nacional no hay políticas reales de gobierno» y que «la apertura total y libre de las importaciones solo favorece la dependencia de China», a la par que levanta un muro en la frontera con Bolivia, quebrantando siglos de relaciones comerciales y humanas, una historia común de origen e intercambios pretéritos.

Frente a esta realidad, la única respuesta no puede ser la sumisión acrítica al mercado o el refugio en un nacionalismo estéril, sino la búsqueda de una vía que construya autonomía desde la integración regional y la defensa de los bienes comunes para la gente. La tarea no es destruir el capitalismo ni el mercado, sino imaginar un horizonte más allá de este sistema que fue aceptable para la hegemonía imperial de la Inglaterra del siglo XVIII, pero no para un mundo más complejo donde la emancipación de los seres humanos no sea una quimera, sino una construcción colectiva y creativa.

El nacionalismo económico y las políticas proteccionistas no son el fin de la globalización, sino su transformación. La integración, complejidad y extensión de la economía mundial implican que una reversión del comercio tan drástica como la ocurrida entre las dos guerras mundiales y un desacoplamiento total del comercio mundial supondrían un auténtico desastre económico.

Lo que se está configurando es un nuevo orden económico internacional donde el libre flujo de bienes y servicios tendrá que lidiar con un mayor nivel de intervencionismo estatal a escala global. Para Bolivia, el desafío es doble, salir del vacío de poder y del encierro económico sin sentido que ha quedado del colapso del nacional-populismo rentista, y no caer en las recetas liberales descontextualizadas que la nueva derecha repite.

El país necesita construir un nuevo pacto nacional con base productiva, no simplemente reemplazar élites. La integración regional, y no la sumisión a las grandes potencias, debe ser el horizonte, porque el péndulo del liberalismo, en su frenesí, se balancea sobre un abismo.