Las propias catástrofes y terremotos de Bolivia


En las últimas semanas, el mundo ha visto con dolor y estremecimiento, los terremotos de Venezuela en la Guaria y Caracas – primero – y en Cali, Colombia – después. En el primero, constatamos la absoluta indigencia en la que el chavismo y luego el madurismo dejó a todo el pueblo venezolano frente a una situación de emergencia nacional. No hubo ningún protocolo de asistencia inmediata para atender semejante sismo que golpeó a la familia venezolana, dejándola en la absoluta indigencia. Salieron a la luz construcciones mal hechas y diseñadas sólo para el pecunio personal de los chavistas, entregando edificios y casas, bajo el mote de viviendas sociales, con el peor material de construcción. A sabiendas de que, bajo los pies de los venezolanos, la tierra cruje.

En Colombia hubo protocolos y respuesta rápida y las distintas instancias supieron qué hacer de manera ágil. Quizás por su pasado difícil con tantas bombas del narcotráfico y las constantes amenazas a su seguridad ciudadana. Y luego le siguieron a manos de este llamado cinturón de fuego del pacífico, que es una gran franja en forma de herradura de casi más de 40 mil kilómetros de largo y que rodea al océano Pacífico y a una serie de zonas geográficas y países que temblaron casi en un efecto dominó.



Esta especie de herraje sísmico concentra casi el 90% de las zonas geográficas que penden de la fuerza brutal de los terremotos y, por si fuera poco, aglutina el 75% de los volcanes activos de todo el mundo, a causa del constante movimientos de las placas tectónicas.

A sabiendas de que estos innumerables países se encuentran bajo este terrible cinturón, casi la totalidad de ellos cuentan con protocolos de respuesta inmediata, estrategias de contención, roles definidos para la policía, los militares, los bomberos, incluso para los ciudadanos y qué es lo que deben o no hacer en sus hogares para encarar, de la mejor manera posible, un terremoto y salvaguardar sus vidas.

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Así lo hace Japón, por ejemplo, que a sabiendas de que su gente camina y vive sobre estas energías telúricas descomunales, viven en base a protocolos. Y todos obedecen a rajatabla dichas normativas, por la sencilla razón de que el porcentaje de salir vivos de un desastre natural es más alto. Sin mencionar las tremendas normativas de calidad para la construcción de viviendas y edificios que casi rayan en lo absurdo. ¡Porque hay vidas de por medio!

Aunque el título de la columna que encabeza estas líneas hace referencia a catástrofes naturales, el parangón con un desastre político puede configurarse en un paralelismo peligroso, ya que la vulnerabilidad que multiplica la negligencia, la corrupción y la inoperancia en la administración de la cosa pública, también puede acarrear consecuencias de destrucción social, desestabilización institucional, corrupción y una larga lista de daño al bienestar social y común del ciudadano.

Cabría, entonces, preguntarse en qué condiciones una catástrofe de origen político puede convertirse también en un sismo sin parangón. Lo vivió Gonzalo Sánchez de Lozada con el inhumano bloqueo de Morales junto a la recua de miserables que lo acompañaron durante todo su nefasto gobierno y que obligó a una transición política compleja y a unas elecciones adelantadas. Con la posterior victoria del cocalero, abriendo el ciclo más oscuro de la historia boliviana.

Luego, vino un sismo cívico popular que, con sus pititas, hicieron temblar la torre evista con la posterior huida cobarde a México de García Linera y Morales. La tierra pareció calmarse, pero el gobierno de transición de Jeanine enfrento una pandemia – donde no había ningún protocolo a nivel mundial para semejante pandemia – y toda la estantería política nuevamente se desmoronó.

Lo peligroso es que hasta la fecha, después del mediocre y corrupto gobierno de Arce Catacora, el resultado de una tragedia por causas políticas permanece abierto: la administración de la crisis puede fortalecer al actual gobierno, si demuestra capacidad de gestión o acelerar su desgaste irreparable jalando de nuevo a todo el país a un escenario de caos y tensiones sociales

No hay una ruta crítica. No hay un plan de contingencia. No hay un plan de gobierno. No hay línea mínima de trabajo. Lo que no ha hecho es muchísimo más que lo poco o nada que ha hecho. Todo retumba y las paredes crujen y el suelo se está abriendo y no hay reacción. De ninguna naturaleza. ¡Ninguna!

Una catástrofe abre una coyuntura crítica, pero no decide necesariamente ni su dirección ni su resultado. Y en esa área gris, cada vez más ancha y profunda, nos encontramos en pleno terremoto a la boliviana: no hay gasolina, no hay diesel, la matriz energética está en crisis, no hay gestión, no hay liderazgos, no hay coraje y valor. Y muchos decidieron irse, dejando atrás también su inoperancia cómplice y su cobardía después.

Cuando la tierra deje de temblar y en dar cimbronazos, seguramente habrán cambiado los cimientos del poder. Pero la factura la pagaremos todos los bolivianos. Una vez más.