El milagro de Fernando Cajías y su amor interminable por Bolivia


A sus 77 años, el historiador, exprefecto de La Paz y llamero vitalicio Fernando Cajías de la Vega repasa su vida entre libros, política, docencia y danza. Pero ninguna experiencia lo preparó para la COVID-19, que lo llevó al borde de la muerte: ingresó al hospital con 73 kilos y salió con 32. Su esposa Angelines lo resume con una frase: «Fernando es un milagro».

Fernando Cajías y su esposa Angelines Urioste



Fuente; Brújula Digital

Mirna Quezada Siles

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Conozco al doctor Fernando Cajías desde que fue prefecto de La Paz y volví a encontrarlo cuando comencé a bailar en la Llamerada San Andrés. Entre el hombre que recorría los pasillos de la política y el llamero que celebra la cultura boliviana existe una vida llena de historias, sueños, tropiezos y afectos; pero ninguna experiencia lo preparó para la prueba más dura… la COVID-19 que lo llevó al borde de la muerte y lo devolvió a casa convertido en un hombre de apenas 32 kilos.

En una casa donde Bolivia está presente en cada rincón, entre recuerdos, objetos y tejidos bordados por su esposa María de los Ángeles (Angelines) nos sentamos a conversar con Fernando Cajías. El ambiente fue acogedor, con un incienso perfumando la charla, chocolates y galletas de por medio, tan dulces como la pareja que me recibió. Así, entre sonrisas y anécdotas, empezó el encuentro.

El llamero Fernando Cajías de la Vega/Revista Llamerada San Andrés, 30 años de un proyecto de vida

Nacer entre libros

Fernando de niño/Archivo de Fernando Cajías

Fernando Julio Cajías de la Vega nació el 28 de febrero de 1949 y fue el mayor de diez hermanos. Creció en un hogar donde libros, cultura y buenas conversaciones eran parte de la vida cotidiana. Sus padres, Huáscar Cajías y Beatriz de la Vega, eran activistas católicos, grandes lectores y amantes de la filosofía y la literatura. Como él mismo recordó, tuvo una ventaja desde la cuna: “nací sobre una biblioteca” y por esa razón no sorprende que ocho de los diez hermanos terminaran vinculados a la docencia y las ciencias sociales.

Fernando con sus papás Huáscar y Beatriz y la hermana que le sigue, Dora/ Archivo de Fernando Cajías 

Sosteniendo una foto donde se encuentra con sus hermanos de niños y adolescentes.

Esa pasión por los libros se convirtió también en gusto por el periodismo. A los once años creó “Bonbonín”, un pequeño periódico que repartía entre sus amigos y cuya lectora más fiel era su mamá. Sin embargo, el miedo a persecuciones políticas lo llevó a hacerlo desaparecer, algo de lo que después se arrepintió.

Su madre tenía planes para Fernando y como había sido monaguillo, Beatriz llegó a escribir en su diario que algún día sería sacerdote. El pronóstico, sin embargo, no resistió demasiado las travesuras del muchacho quien recordó la historia con humor pues ni las madres más convencidas aciertan con el destino de sus hijos.

La familia fue siempre uno de sus grandes tesoros. Su padre reunía a los hermanos cada domingo alrededor de la mesa, una costumbre que mantuvo incluso después de enviudar. Con los años llegaron también las despedidas… cinco de sus hermanos, fallecieron; pero dejaron muchas conversaciones, humor y amor.

Fernando en una reunión familiar donde se encuentra con sus hermanos: Dora, literata e historiadora; Francisco, literato (†); Beatriz, pedagoga (†); Teresa, arte textil (†); Lupe, periodista e historiadora; Magdalena, historiadora; Huáscar, sociólogo (†); Pedro, agrónomo (†) e Isabel, informática.

La amistad fue la otra gran constante. “He tenido amigos en todas las edades y en todas las facetas”, dijo. Entre sus amistades mencionó a Pedro Morant, amigo de la infancia que desapareció durante la represión política; Jaime Marzana, vinculado a sus recuerdos de Sopocachi y Luis Iturralde, compañero de colegio.

El Montículo y las carreras

La infancia de Fernando transcurrió en Sopocachi, cerca del Montículo. La casa familiar quedaba junto a aquel espacio, que para los hermanos mayores funcionaba como un jardín. Allí jugaban durante las vacaciones y disfrutaban de una libertad que quedó grabada en su memoria. Cuando llegó la adolescencia, la plaza Abaroa se convirtió en otro punto de encuentro con sus amigos.

Estudió en el colegio Alemán y conserva muy presente el recorrido desde la calle Aspiazu por la avenida Ecuador. De aquella etapa le quedaron las amistades del barrio y de la promoción, algunas tan duraderas que todavía se reunen un par de veces al año.

De niño jugó fútbol, pero el atletismo terminó por ocupar un lugar importante. El colegio impulsaba esa disciplina y Fernando destacó en las pruebas de pista. En los Juegos Universitarios ganó una medalla de plata en los 800 metros. Su rival habitual era un arquitecto que le decía, cada vez que lo vencía: “Solo conoces mi espalda”. Después, la política y el cigarrillo lo alejaron del atletismo, aunque nunca perdió el gusto por las competencias.

Su juventud coincidió con años de agitación política y transformación cultural. Tenía dieciocho años cuando llegó el Che Guevara a Bolivia y vivió el clima de una generación que cuestionaba las ideas heredadas. Las discusiones políticas, los cambios culturales y la influencia de sus hermanos ampliaron su mirada.

Universidad, aprender a mirar Bolivia

En 1968, Fernando ingresó a la Universidad Mayor de San Andrés para estudiar Historia y Derecho. Su padre le aconsejó seguir su vocación sin olvidar que también necesitaba una profesión para vivir. Allí descubrió que la historia no estaba hecha solo de libros, también había que entender la sociedad y comprometerse con ella. En cuanto a derecho, ejerció poco.

Con su papá, Huáscar Cajías Kauffmann/Archivo de Fernando Cajías

Aunque se definía como alguien individualista y solitario, de esos que podían pasarse horas entre libros sin echar de menos demasiado a nadie, la vida se encargó de cambiarlo. Sus novias, sus hermanos, sus amigos y el entorno universitario lo fueron acercando a los demás. La política y la vida colectiva terminaron ocupando un lugar importante, aunque con los años reconocería, entre la nostalgia y el humor, que ese compromiso le había robado tiempo para investigar y escribir: “Me arrepentí de abandonar mi soledad”, afirmó.

Posteriormente, la dictadura de García Meza cambió su rumbo y lo obligó a esconderse antes de partir al exilio en Panamá. Angelines recuerda que, cuando fue a llevarle ropa, tuvo que entrar por la cocina y lo encontró oculto en el cuarto de la cocinera. Ahí prácticamente lo conoció.

Fernando regresó en 1982 y volvió a la universidad. Allí se reencontró con Angelines, con quien compartiría cuatro décadas de vida. La institución que había transformado al joven solitario en un hombre comprometido con su entorno también le regaló una de las historias más importantes de su vida.

Academia de la Historia en los 80. Parados: Guillermo Ovando (†), Alberto Crespo (†), Fernando Cajías, Alcides Parejas, René Arze (†), Eduardo Arze Quiroga (†). Sentados: Florencia Ballivián, José Luis Roca (†), Valentín Abecia (†), Blanca Gómez y Teresa Gisbert (†). Archivo de Fernando Cajías

Política: sueños, poder y desencantos

Fernando Cajías fue un soñador que llegó a ser diputado (1985-1989); prefecto de La Paz (1989 -1991), Embajador en España (1992-1993) y concejal municipal (1993-1995), aunque alguna vez aspiró a la presidencia… “No se pongan metas cortas”, aconsejó siempre a sus estudiantes, con la ironía de quien sabe que la vida nunca sigue del todo el guion previsto.

Su historia política comenzó en la universidad, donde se refugiaba entre libros como un “ratón de biblioteca”; pero su hermano Francisco llevó el hipismo a casa y las discusiones familiares se debatían entre dos consignas “Peace and Love”, de John Lennon y “Patria o Muerte”, del Che Guevara. Ni siquiera las novias lo dejaron al margen: “Todas eran zurdas”, recordó riendo. Así terminó acercándose al MIR y al graduarse, alguien lo llamó «hippie tardío».

Fernando Cajías, prefecto del departamento de La Paz (1989-1991) durante el gobierno de Jaime Paz Zamora/Archivo de Fernando Cajías

La política lo llevó a recorrer provincias, conocer comunidades y descubrir una Bolivia mucho más diversa de la que cabía en los libros. También le permitió impulsar proyectos culturales y defender el patrimonio paceño, aunque el poder tuvo sus desencantos. Como concejal, tras preparar un discurso filosófico que nadie escuchaba, decidió terminar dedicando a Mónica Palenque “¡Ay, Warinita! ¡Warinita mal pagadora!”. ¡Entonces sí consiguió la atención de los periodistas!

Fernando Cajías yendo a presentar sus cartas credenciales como embajador de Bolivia en España en 1992/Archivo de Fernando Cajías

Fernando se alejó del MIR y siguió su camino de manera independiente. Años después, Carlos Mesa lo invitó a ser viceministro de Cultura, cargo que ejerció durante un año (2004-2005)  y que le permitió acercarse aún más al mundo cultural. Aunque sentía que la política le había robado tiempo para investigar, reconocía que le había dejado grandes aprendizajes y la satisfacción de contribuir a la democracia y dar visibilidad a los afrobolivianos, por ejemplo.

El aula siempre lo esperaba

Desde 1995, Fernando volvió a concentrarse en sus grandes amores, la docencia y la investigación. En la UMSA enseñó durante unos 50 años y en la Universidad Católica, alrededor de 30, especializándose en cultura boliviana. Como él mismo reconoció, uno no solo enseña también aprende de sus estudiantes y de sus investigaciones.

Recordó con emoción que en esa etapa también conoció grandes amigos como José de Mesa y Teresa Gisbert, de quienes heredó la cátedra.

Viaje con sus alumnos de Turismo en 1999/Archivo de Fernando Cajías

Doctor en Historia de América, tuvo la oportunidad de estudiar en Sevilla gracias a una beca y trabajar en el célebre Archivo de Indias, un verdadero tesoro documental para comprender la historia colonial americana. Allí realizó su doctorado y Sevilla quedó tan ligada a su vida que incluso allí nació su primera hija, quien hoy también es doctora en Historia.

Para él, la historia nunca estuvo encerrada entre cuatro paredes, había que descubrirla en las fiestas, las comunidades y las calles de Bolivia. Esa pasión lo acompañó incluso durante la pandemia, cuando una grave infección de COVID-19 puso su vida en peligro. Apenas pudo hablar, expresó un deseo que conmovió a Angelines… “Mis alumnos me están esperando”.

Ella y sus colegas hicieron lo imposible para que pudiera volver a enseñar por Zoom. Entre almohadas, cuidados de enfermería y la ayuda de otros docentes que retomaban las explicaciones cuando él perdía el hilo, Fernando encontró en sus estudiantes una razón más para recuperarse.

Angelines y una vida compartida

Fernando tuvo dos matrimonios. Con su primera esposa, Naya Ponce (†), tuvo a Wara, cercana a sus intereses culturales y a José Gabriel, padre de sus tres nietos: Julieta y los mellizos Joaquín y Antonio. Después llegó Angelines, su compañera de más de cuatro décadas, a quien conoció en las luchas universitarias de principios de los ochenta. Juntos tuvieron a Andrés y a Ana Catalina, quien falleció siendo muy pequeña, una dolorosa pérdida que vivió mientras era prefecto.

Con su esposa, María de los Ángeles (Angelines)/Archivo Fernando Cajías

Angelines lo describió como un hombre entregado a la academia, la cultura y la investigación, pero también a su “llamerada famosa”, una pasión con la que aprendió a compartir el tiempo y las atenciones de su marido. “Somos opuestos en muchas cosas pero nos une el amor por la cultura y los viajes por Bolivia” afirmó, asegurando que en tantos años juntos apenas lo había visto enojarse unas diez veces.

Con sus hijos: Wara, José Gabriel y Andrés en un viaje a Sorata en 1991/Archivo de Fernando Cajías

En familia, Fernando es un padre que prefiere conversar antes que imponer. A sus hijos les dio libertad para elegir su propio camino, aunque la historia siempre se colaba en la vida cotidiana porque cuando Andrés era pequeño, le contaba relatos de Cristóbal Colón para dormirlo. Así, entre aventuras históricas y cuentos improvisados, el niño terminó preguntando “quién es la caperucita roja”.

Llamerada: bailar la identidad

La Llamerada San Andrés es una de las grandes pasiones de Fernando Cajías: “Es de lo único que no me he jubilado”, dice entre risas. Tras un primer intento en 1980, interrumpido por el golpe de García Meza, la fraternidad renació en 1986 gracias a estudiantes de Turismo encabezados por Mónica Chacón, con el apoyo fundamental de Luis Sempértegui y su vínculo con Extensión Universitaria.

Su trayectoria comenzó en el Gran Poder en 1986; en 1987 participó en el Carnaval de Oruro y, en 1988, se incorporó a la Entrada Universitaria, inicialmente llamada Carnaval Universitario. Desde entonces, su agenda incluye también el Corso de Corsos, Ch’utillos, la fiesta de Guadalupe en Sucre, celebraciones patronales y entradas en provincias y barrios, además de encuentros internacionales como el festival de Tacna.

Cajías de llamero con la autora de la presente crónica, Mirna Quezada

Para Cajías, la fraternidad es una familia y una forma de celebrar la cultura boliviana. Su compromiso se refleja en reuniones que se prolongan hasta la madrugada, debatiendo incluso detalles como el color de las polleras o la manchancha. Angelines lo resumió con humor: “No sabes lo que está pasando en el mundo y ustedes discutiendo por la manchancha o el color de la pollera”.

Angelines también dijo que la UMSA les debería otorgar una sede para reuniones y para conservar los 40 trajes de llamero de Cajías y los trofeos obtenidos, creando una especie de museo que preserve la historia y el legado de la fraternidad.

Aunque Fernando dejó de bailar como antes y ahora camina durante las entradas, mantiene intacto su entusiasmo. Ante las burlas de una espectadora, respondió: “Pero bailemos pues, venga”. Como presidente vitalicio, sigue vinculado a una tradición que representa amistad, memoria e identidad cultural, demostrando que la pasión por bailar no se jubila.

COVID-19: de 73 a 32 kilos

La pandemia llegó después de la crisis política de 2019, cuando Fernando Cajías aún se recuperaba de una cirugía. Lo que parecía un resfrío terminó en una lucha por sobrevivir. Una madrugada, a las tres, Angelines lo vio quedarse sin aire y llamó a la ambulancia universitaria. Fernando pedía agua, pero cuando ella regresó de buscarla, él ya había ingresado a emergencias y no le permitieron verlo.

Intubado en terapia intensiva y sin reaccionar durante varios días, Fernando estuvo a punto de someterse a una traqueotomía. Mientras esperaba noticias, Angelines también enfermó de COVID-19 y quedó sola en casa. Cuando él comenzó a reaccionar, ella recibió permiso para visitarlo. Antes de entrar, grabó mensajes de sus hijos y hermanas para que escuchara sus voces. Al verla, Fernando le preguntó: “¿Por qué me has abandonado?”. “Tranquilo, aquí estoy”, respondió ella. Conmovida, Angelines recuerda: “Fernando es un milagro”.

Pero sobrevivir fue apenas el comienzo. Ingresó al hospital con 73 kilos y salió con solo 32, sin musculatura y prácticamente inmóvil. El hombre que había recorrido Bolivia, bailado en entradas y dedicado su vida a la docencia necesitaba ayuda para los movimientos más sencillos.

Angelines buscó un departamento sin escaleras, consiguió una silla de ruedas y organizó turnos de enfermeros día y noche. Con fisioterapia y el apoyo de su hermano, médico residente en México, Fernando comenzó una recuperación lenta y dolorosa. Aun así, no dejaba de pensar en sus estudiantes: “Mis alumnos me están esperando”. Angelines coordinó clases virtuales con sus colegas; los enfermeros lo acomodaban entre almohadas frente a la cámara y otros profesores retomaban las explicaciones cuando él perdía el hilo.

Fernando describió aquel periodo como un año durísimo, en el que quedó prácticamente parapléjico y tuvo que reaprender movimientos básicos. La terapia en el agua, en el club Tenis, fue decisiva para recuperar movilidad y confianza. Tras meses de esfuerzo, volvió a caminar.

Incluso en los momentos más difíciles, la Llamerada siguió presente. Algunas enfermeras ponían música y bailaban para animarlo, aunque él no podía reconocerlas bajo sus equipos de protección. “Al final, ellas le pidieron que las incorporara a la fraternidad”, recuerda Angelines. Así, entre la lucha por recuperar su cuerpo, el compromiso con sus alumnos y la pasión por la danza, Fernando volvió a abrirse camino hacia la vida.

Sus libros

Durante el trance, Fernando vivió una experiencia que nunca olvidó. Recordó que se deslizaba desde el techo de la facultad hacia un abismo, cuando una fuerza lo sujetó. Entonces vio a su madre, Beatriz, fallecida cuando él tenía diecinueve años, quien le anunciaba que volvería, pero debía terminar sus últimos cinco libros.

Fernando relacionó aquella visión con su agenda, donde anota sus proyectos pendientes. Su producción incluye tres grandes libros, uno de ellos en dos tomos, alrededor de diez obras en coautoría y más de cien artículos especializados y periodísticos. Ahora corrige su primera novela, ya terminada, que está compartiendo con lectores para recibir sus opiniones. Incluso tiene otra en mente para los próximos cinco años.

Entre sus principales proyectos destaca “La fiesta en Bolivia”, una obra que podría alcanzar tres tomos y cuya redacción prevé para 2027. Aunque tiene el trabajo muy avanzado, continúa investigando porque, como cuenta entre risas, en cada fiesta descubre algo nuevo, “Solo sé que no sé nada”. También prepara un libro sobre gestión cultural, una historia del arte, la segunda parte de su publicación sobre la cultura afroboliviana y varios artículos, entre ellos uno sobre el voto femenino. Además, coordina una publicación sobre la Llamerada.

Otro trabajo importante es una antología sobre el mar, organizada en dos tomos de más de 1.100 páginas, que reúne fragmentos de 120 autores desde la Guerra del Pacífico, con sus respectivas biografías y contextualización histórica.

Muchas de sus investigaciones nacieron de sus años de docencia, aunque mantenerlas actualizadas exige un esfuerzo constante. Tras la enfermedad, la imagen de su madre se convirtió en una segunda oportunidad para terminar sus libros y compartir sus conocimientos. Angelines, que entiende la oración como “una energía invisible”, encontró en su recuperación un motivo para agradecer la vida.

Seguir soñando

Fernando sigue mirando la vida con optimismo. Tiene libros por terminar, conocimientos por compartir y una Llamerada que continúa siendo parte de su alma. Después de recuperar paso a paso su movilidad, mantiene intactas las ganas de enseñar, escribir y bailar por Bolivia, acompañado por Angelines, su familia, sus alumnos y sus amigos.

Al escuchar sus recuerdos, comprendí que esta no es solo la historia de un historiador, político, diplomático y maestro, sino la de un hombre que, incluso después de asomarse al abismo, encuentra razones para seguir adelante. Su destacada trayectoria también fue reconocida con importantes distinciones, entre ellas el Mérito Cultural, una condecoración del Gobierno de Francia y el Doctorado Honoris Causa de la UMSA en 2015. Porque Fernando Cajías no solo dedicó su vida a comprender Bolivia, sigue celebrándola en cada palabra, cada enseñanza y cada paso de llamero. Y Angelines, que caminó a su lado en los días más difíciles, lo resume con una frase sencilla que lo dice todo: “Fernando es un milagro”.

Mirna Quezada Siles es periodista y comunicadora social.