Esta es una pregunta tomada de un taller que el pasado sábado se realizó en la Fundación Jubileo, denominado “Compromiso por la ética periodística”. Y corresponde a la presentación de la periodista Patricia Cusicanqui sobre los dilemas que tuvo que enfrentar, al igual que otros, durante los 53 días de bloqueo. Y la respuesta fue, por supuesto, que el periodista -que es también un ser humano, con complejidades como cualquier otro- si debería tomar partido, pero por la institucionalidad democrática y por la defensa de los derechos humanos.
No se trata de apoyar a un gobierno, a una oposición, a un partido o a un determinado sector social. Se trata de defender las condiciones que hacen posible una democracia: el derecho de la ciudadanía a estar informada, la libertad de expresión, el acceso a la información, la pluralidad, la deliberación y el respeto a las reglas institucionales.
El sábado 26 de septiembre, más de 70 periodistas, de manera presencial y virtual, participaron en un espacio de diálogo y reflexión sobre los desafíos del ejercicio periodístico en contextos de conflicto y desinformación. La iniciativa fue promovida por la plataforma Bolivianos por el Diálogo y la Paz Social.
¿Por qué este taller? Porque es importante que en momentos como los que estamos viviendo, tengamos información responsable, ética y que contribuya a la democracia. Sabemos que hay periodistas que hacen de su oficio una defensa cotidiana de la democracia, que preguntan, investigan, contrastan fuentes, reconocen sus errores y saben que detrás de cada noticia hay ciudadanos que necesitan información para tomar decisiones. Y sabemos que hay periodistas que, aun trabajando en condiciones de precariedad, con dificultades para acceder a información y sometidos a presiones de distinta naturaleza, mantienen su compromiso con la ética y con la responsabilidad de informar.
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Pero también existe una mala práctica que no podemos ignorar. Titulares que no corresponden con la información, imágenes utilizadas fuera de contexto, versiones que se difunden sin verificar, rumores convertidos en noticias y decisiones editoriales tomadas pensando más en conseguir audiencia que en el derecho de las personas a recibir información confiable. Lo que no estamos tomando en cuenta es que, en momentos de conflicto, estas prácticas tienen consecuencias como alimentar la polarización, profundizar la desconfianza y hacer más difícil algo que Bolivia necesita con urgencia: dialogar.
Fue una conversación necesaria. José Luis Aguirre, presidente del Consejo de Ética Periodística; la constitucionalista Kathia Saucedo; la periodista e investigadora Jenny Ampuero; la expresidenta de la Asociación Nacional de Periodistas Zulema Alanes; Mery Vaca de Sin Maquillaje, que moderó el encuentro, y un panel integrado por Enid López, Gina Baldivieso y Patricia Cusicanqui compartieron reflexiones y experiencias sobre las dificultades que enfrenta el periodismo en situaciones de conflicto.
Pero lo más importante ocurrió después. Los periodistas se organizaron en mesas de diálogo para identificar los problemas y dilemas que enfrentan en su trabajo cotidiano. Y de esa conversación surgió un Decálogo de Compromisos por la Ética Periodística.
No se trata de diez mandamientos nuevos. Muchos de estos principios ya forman parte de los códigos de ética y de los mecanismos de autorregulación del periodismo. Su importancia está en volver a ponerlos en el centro de la discusión y asumirlos como compromisos concretos.
Proteger a las víctimas, informar sin sensacionalismo, respetar la presunción de inocencia, contrastar antes de publicar, verificar los datos y su contexto, cuidar las palabras, no amplificar discursos de odio; proteger la independencia periodística, fortalecer las capacidades profesionales y ejercer y promover la autorregulación son principios sencillos de enunciar, pero no siempre fáciles de cumplir.
Según las expositoras del taller, la ética periodística se pone a prueba precisamente cuando resulta más difícil hacer el trabajo, es decir, cuando se debe decidir entre sacar una imagen impactante que puede conseguir miles de reproducciones o esperar para verificarla; entre publicar un titular exagerado para generar más audiencia o tomar el tiempo necesario de ver las consecuencias; entre elegir una versión que nadie más ha podido verificar para lograr la “pepa” o dedicar el tiempo mínimo necesario para comprobar la información.
Ahí es donde la ética deja de ser un código escrito y se convierte en una decisión profesional que implica conservar la capacidad de preguntar a los implicados, de contrastar las versiones, de verificar antes de publicar y no permitir que intereses políticos, económicos o personales definan aquello que se presenta como información.
Bolivia cuenta con normas, organizaciones y mecanismos de autorregulación que reconocen esta responsabilidad. Está la Constitución Política del Estado, está el Consejo Nacional de Ética Periodística, están las asociaciones de periodistas y las organizaciones vinculadas al estudio y la investigación de la comunicación. El problema no es la ausencia de normas sino el desafío de llevarlas a la práctica cotidiana.
Y esto nos lleva también a temas que están relacionados y sobre los que deberíamos debatir con más profundidad. No podemos exigir un periodismo responsable sin discutir las condiciones en las que trabajan -en muchos casos precarias- pero, aun así, eso no elimina su responsabilidad profesional porque, si bien el periodismo no puede resolver la crisis de confianza que atraviesa a nuestra sociedad, puede contribuir a profundizarla o ayudar a reconstruirla.
Por eso es importante el decálogo construido el sábado, porque sale de los propios periodistas y porque busca contribuir a un periodismo que verifique, contraste, contextualice, proteja y comunique con responsabilidad. En otras palabras, que fortalezca la democracia. Y esperamos que más periodistas, asociaciones y sindicatos puedan sumarse a estos compromisos.
