Winston Estremadoiro
Ocaso de autócratas prorroguistas ha sido y será lo que algún poeta ha llamado la Revolución del Jazmín en los países árabes. Digo será, porque la batalla continúa en Libia. Ojalá que allí no se cumpla la frase de Theodore Roosevelt; indagado por qué EEUU apoyaba a dictadores latinoamericanos, respondió: “son hijos de puta, sí, pero son nuestros hijos de puta”, o algo así. Subrayaba que los países, más que amigos, tienen intereses. Quisiera pensar que estos son tiempos diferentes.
Uno, el apoyo a los ideales democráticos se ha vuelto parte de las prioridades de la política exterior de EEUU y, algo más tibio, de la Unión Europea. Lo atestigua lo dicho por Barack Obama a Ángela Merkel, canciller de Alemania, segundo socio comercial de Libia, después de Italia: “cuando el único medio que tiene un líder para mantenerse en el poder es el uso de la violencia contra su propio pueblo, ha perdido la legitimidad para gobernar…”. Debería ser un concepto válido para los remedos democráticos.
Dos, arrecia la revolución de las comunicaciones globales. El mundo en desarrollo ha incrementado su uso de celulares de un estimado de 35% al comienzo de la década, a casi 75% en el año 2010. Suman y siguen las innovaciones interactivas y los aparatos son cada vez más pequeños. La poesía puede ser el género más antiguo de la literatura árabe, vena que quizá haya inspirado comparar con jazmines la revuelta contra sus dictadores, pero es al celular y al Internet a los que deben gran parte de su efectividad y éxito.
Cumplo una didáctica función social al sugerir temas para coplas políticas, variante de la liviandad carnavalesca de los “taquipayanacus”. No excluyo que la musa visite a poetas de taquiraris de la resistencia autonómica, a jóvenes cultores del rap alteño, a vates de yaravíes quechuas, a resentidos guaraníes, al último Pacahuara de una de treinta y tantas naciones de esta Bolivia penosa. Lo hago al apelar al ingenio carnavalesco postulando que las similitudes de los procesos de Libia y Bolivia van más allá de la rima de sus nombres.
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Conjeturo que el pomposo nombre Estado Plurinacional de Bolivia, de escasa pluriculturalidad ante la hegemonía aymara y la autonomía mutilada por el secante centralismo, en sus inicios le debieron el calificativo tanto a la República Bolivariana de Venezuela de Chávez, como a la Jamahiriya –Estado de las Masas- Árabe Libia Popular y Socialista de Gadafi.
El gustillo por atuendos estrafalarios tiene algún parangón en el Evo Morales en la “coronación” de Tiahuanaco, cuya emblemática Puerta del Sol hoy se viene abajo por la humedad y los hongos. ¿No se parecía la cachucha de heladero del “nuevo Pachacuti” boliviano, a la del “Líder y Guía Espiritual” libio?
Ciertamente las más de cuatro décadas del dictador libio hacen aguar la boca de los prorroguistas caudillos del socialismo del siglo 21. Todos han pasado el escollo de modificar sus constituciones para permitirlo. Nuestro amado líder y gran timonel, como lo satiriza Paulovich, ha arengado de quedarse medio siglo en la silla presidencial.
Nutridos quizá en “La solución del problema de la democracia: el poder del pueblo”, primer tomo del ideario de Gadafi, dicho sea de paso en el molde del librito rojo de Mao, los ideólogos de Evo Morales han sorteado la cachuela democrática con el concepto de “movimientos sociales”. Queda por verse qué harán hoy que varios gremios populares, antes leales, se les han volcado. Preocupa más a la gente el alza de precios de los alimentos de la canasta familiar. Intuyen que el poder del pueblo se volvió el poder de Gadafi en Libia –y sospechan que se vuelva el de García Linera en Bolivia.
El segundo tomo de la biblia del dictador es “La solución del problema económico: el socialismo”. Si se practicase la equidad socialista, los ingresos anuales del oro negro repartidos entre la escasa población libia darían para un buen pasar. Tal fuera si el clan de Gadafi no hubiera acumulado fortunas en centenas de miles de millones de dólares, iguales o mayores que las del ex dictador Mubarak del vecino Egipto. Dictadura es dictadura, corrupción es corrupción, sea socialista o nacionalista.
Del tercer tomo de Gadafi, “El fundamento social de la Tercera Trilogía Universal” quizá viene el blablá del socialismo del siglo 21 de Hugo Chávez, y la petulancia de la potencia plebeya de García Linera. Pregunto, ¿han sacado de la pobreza a más ciudadanos que las democracias representativas de Chile, Costa Rica y Uruguay? ¿Son menos corruptos los familiares del falso demócrata venezolano que los del falso socialista libio? Hasta la altanera jeta de Evo Morales irrumpiendo con tropas militares en los campos petroleros de Petrobrás, quizá le debe tanto a Chávez, como éste a Gadafi y aquel a Mussolini. ¿Somos el Qatar del gas y la Arabia Saudita del litio con las poses nacionalizadoras? Para no hablar de la paranoia golpista. Tal vez medroso del contagio de la revuelta de los árabes contra los prorroguistas autócratas, Evo Morales arenga que “solo muerto me sacarán del Palacio de Gobierno”. “Igualingo puej” que los hijos de Gadafi bravuconeando de “vivir y morir en Libia” en la revuelta actual.
Pongan las barbas en remojo, autócratas del ALBA. La revolución de las comunicaciones les hace notorios como albinos a quienes sus ojos rojos, lastimados por la luz radiante de la mayor conciencia crítica de la gente, impiden ver los cambios tecnológicos que la estimulan.