El tesoro de Tarija se cultiva 365 días


Don Fermín, productor de uva, dice que desde sus 20 años se dedica a la vid, sumando ya 40 años de trabajo. Inició con un cuarto de hectárea para sostener a su familia. Con el tiempo logró ampliar su producción.

El fruto de 365 días de trabajo.

Fuente: El País

Calamuchita, tierra fértil de Uriondo, donde las viñas se extienden como un manto vivo sobre el valle que guarda historias. El 28 de abril de 2026, entre parrales tornándose amarillentos y un viento persistente, la figura de don Fermín Ortega Donaire avanzaba como parte del paisaje. Porque en sus manos descansa la labor de sostener la producción de uva en una tierra generosa, pero cada vez más exigente para quien la trabaja.



Un rostro oculto tras el ala del sombrero

A las siete de la mañana comienza la jornada en el viñedo, asumida por un solo trabajador. No comparte la tarea con nadie y es él quien se encarga del mantenimiento y cuidado del terreno. Recorre cada espacio donde la maleza crece, atendiendo labores que nunca se detienen. Su presencia constante en el campo refleja una realidad marcada por la responsabilidad individual y la necesidad de sostener la producción con sus propias manos.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Su día transcurre entre maleza, tierra y esfuerzo. Primero enciende la segadora, una máquina que exige cuidado y concentración para avanzar entre el pasto sin perder el control. Después toma el azadón y ahí el trabajo cambia de forma, ya no es solo atención, sino fuerza. Cada golpe contra la tierra arranca raíces duras, como la hierba de pollo, que se resiste a salir.

Es un trabajo combinado, algunas tareas pueden realizarse con ayuda de una máquina, pero otras requieren hacerse a mano, sin reemplazo posible. Esa mezcla de esfuerzo mecánico y manual prolonga la exigencia física. El cuerpo acompaña cada movimiento, y el cansancio se acumula mientras el sol baja y finalmente se esconde. La jornada termina a las siete de la noche, completando así doce horas seguidas de trabajo.

Don Fermín, avanza entre los surcos con el cuerpo inclinado y la mirada en la tierra, el sombrero oculta su rostro marcado por el tiempo. Carga un motor en la espalda y arrastra la herramienta con manos secas y duras. Cada paso deja huella mientras el viento levanta polvo, pero no se detiene. Viste lo justo como quien está hecho para el trabajo, el mismo que se le queda en el cuerpo.

Él viste como se visten los hombres que ya han caído y se volvieron a levantar, camisa liviana, pantalón de tela y un sombrero ancho que apenas le arranca migajas de sombra al sol, que parece haber tostado su piel, en los pies carga botas cuando la viña obliga, aunque con el solazo sus pies parecen estar en una olla, por eso prefiere las ojotas, que le regalan libertad, aunque las mañanas frías congelen sus pies.

Pero el campo también muestra lo suyo, la viña atravesaba su tiempo de secado estacional, quieta, sin fruto y con la tierra respirando despacio entre los surcos, en esa pausa del cultivo, las plagas parecían haberse marchado junto con la cosecha. Tampoco había riego tecnificado, el agua seguía llegando por canales antiguos, sostenidos por esfuerzo y costumbre, a un costado, una “casuchita” de cañas y chapa custodiaba herramientas e insumos, pero no el cansancio de don Fermín.

Don Fermín cuida de sus vides desde hace 40 años

El viento fue lo primero en hacerse notar entre la vid, levantando un polvo fino que golpeaba el rostro de quien se atreviera a avanzar. La tarde tenía ese frío seco que atravesaba la ropa y se queda en los huesos, mientras la tierra volaba en pequeños remolinos sobre los viñedos, aun así, el campo seguía, inmóvil y paciente, como si estuviera acostumbrado a que sin importar qué, el productor siempre está en los días largos y en el paso lento de las estaciones.

Bajo el cielo áspero, la tierra se mostraba fértil, sin heridas profundas ni señales visibles de desgaste, el agua, guardada como un tesoro, seguía siendo la llave que sostiene la vida de las plantas cuando la cosecha ya se ha ido. Hasta el viñedo se llega por un camino de tierra que cruje bajo las ruedas y bajo los pasos, una ruta sencilla por donde entran herramientas, salen frutos y camina cada día la esperanza de quien depende de la próxima cosecha.

El costo de seguir

Ese equilibrio en el campo se quiebra en los números. El incremento en los precios de los agroquímicos afecta la sostenibilidad de la producción de uva en la región. Según la ingeniera agrónoma Katya Carla Terrazas Mamani, propietaria de la agroquímica Agrosem el Zarcillo, los costos de insumos han aumentado mientras el precio de la uva se mantiene, generando un desequilibrio económico en los productores, agravado por bloqueos y condiciones del mercado.

“Los insumos más caros suelen ser de mejor calidad. Por ejemplo, el switch es un producto caro, pero es bien conocido y ofrece buenos resultados. Su rendimiento también depende de las condiciones, como el clima, que influye bastante en la producción. En general, funcionan bien. Además, la mayoría de los productos más caros provienen de Argentina, y el aumento del dólar ha afectado mucho en sus precios”.

En este contexto, la producción también se ve condicionada por factores externos como el clima, que influye directamente en la aparición de plagas, por tanto, aumenta la necesidad de utilizar más o menos agroquímicos. Esto hace que los costos no sean fijos y varíen según la campaña, generando mayor incertidumbre para los productores.

Pero el problema no termina en los costos. También alcanza a las leyes que, en el papel, prometen apoyo al productor, como la Ley 774 de Promoción de la Uva, Singani, Vinos de Altura y Vinos Bolivianos. En medio de esta realidad, surgen cuestionamientos sobre su aplicación y efectividad, ya que muchas de estas normativas no logran traducirse en beneficios concretos para el sector productor de uva.

Así lo confirmó José Luis Sánchez, vocero de la Asociación Nacional de Productores Viticultores (ANAVIT). “Lamentablemente como casi todas las leyes en el país son textos que no se aplican, son de poco conocimiento. La norma dice una fecha, pero la vendimia se celebra en otra, entonces ya hay un desfase. El enunciado es bonito, pero necesita políticas, planes y recursos. El productor trabaja los 365 días del año, no puede despegarse de su viña, porque significa pérdida para él”.

En el terreno, el riesgo no es una posibilidad, es una certeza que se calcula antes de empezar, siempre hay un 10% que se pierde, por ejemplo, de una cosecha de 300.000 bolivianos, unos 30.000 se sacrifica al clima, a la sequía, al granizo o a la helada que cae sin aviso. Además, de una gran inversión, el productor camina sabiendo que algo se va a quedar en el trayecto, porque la tierra no responde igual todos los años y que el clima es traicionero.

“Estamos en riego siempre, cuando producimos tenemos un factor de riego y lo hemos analizado y lo entendemos. Incluso podemos llegar a tener una pérdida total con la presencia del granizo que nos arrasa y nos anula no solo un año, a nosotros nos pilla el granizo y nos afecta hasta tres años posteriores”, menciona Sánchez.

Pero esa distancia entre lo que se dice y lo que ocurre se siente con mayor fuerza en la vida de quienes sostienen la producción. Más allá de leyes y discursos, es en el trabajo diario donde se evidencian las dificultades, las limitaciones y la falta de respaldo. La experiencia del productor permite comprender con mayor claridad cómo estas condiciones impactan directamente en su economía, en sus decisiones y en la continuidad de su actividad.

Don Fermín, productor de uva, dice que desde sus 20 años se dedica a la vid, sumando ya 40 años de trabajo. Inició con un cuarto de hectárea para sostener a su familia. Con el tiempo logró ampliar su producción, aunque en sus inicios no contaba con apoyo ni acceso a créditos, ya que la vid no era vista como una actividad con futuro. Hoy, las condiciones no han cambiado significativamente y su crecimiento depende principalmente de su propio esfuerzo.

En su experiencia comenta: “Cuando yo tenía 20 años y vendía a 100 la caja, el dólar estaba a 2,50, así que se hacía plata. Ahora sigo con 120 y si sumamos el dólar está casi a 10. De 20 años a 60 que voy a tener el viticultor sigue navegando ahí, sigue pataleando porque no tiene un mercado firme y nadie le pone precio, se llena la uva se da hasta 80 o 90 bolivianos la caja en la ciudad, eso es lo que sufre el viticultor, no tiene un mercado firme con precio justo”.

Más allá de los costos, el problema también radica en la falta de mercado y de apoyo por parte de las autoridades. Don Fermín señala que no existen condiciones reales para comercializar su producción a un precio justo, lo que mantiene estancado al productor. Asimismo, cuestiona que en el discurso público se presenta a la uva como el “tesoro de Tarija” y en la práctica esa valoración no se traduce en acciones concretas ni en respaldo efectivo al sector.

En el papel

Según la Ley 774, de Promoción de la Uva, Singani, Vinos de Altura Bolivianos y Vinos Bolivianos: “El Estado Plurinacional de Bolivia, mediante las entidades competentes, participará en el diseño de estrategias y en la ejecución de acciones que promuevan la apertura de mercados de exportación para la uva, singani, vinos de altura bolivianos y vinos bolivianos”.

Mientras la ley establece que la uva y sus derivados son de interés estratégico para el país y promueve la apertura de mercados, la realidad del productor refleja otra situación. La falta de condiciones para competir, el escaso reconocimiento del producto local y las dificultades para acceder a tecnificación cuyo costo resulta inaccesible para gran parte del sector campesino, evidenciando una brecha entre lo planteado y lo que se vive en el campo.

El periódico digital El País señala: “El mercado local no siempre valora la calidad del producto tarijeño frente a la llegada de alimentos de otras regiones, esta competencia desigual termina golpeando al pequeño productor, que ve mucho esfuerzo convertido en muy poca ganancia. Esa contradicción de producir mucho, pero progresar poco se ha convertido en una marca dolorosa del agro tarijeño”.

Al final, todo vuelve al mismo lugar, don Fermín seguirá entrando a la viña cuando el sol apenas asome, como lo ha hecho durante décadas, sosteniendo con sus manos lo que otros llaman el “tesoro de Tarija”, pero entre leyes que no se cumplen, mercados que no se sostienen y un clima que no avisa, la vid crece cargando algo más que fruto, la incertidumbre. En ese silencio largo del terreno.